EL JALMESO de Montserrat del Amo

¿Te has sentido a veces solo en clase? Parece que todos tienen amigos, amigas con quienes charlar y pasárselo bien. Sin duda te gustaría tener por amigo a un compañero “popular”, el centro de todas las miradas y las risas. Es normal este sentimiento, pero te aconsejo que te fijes bien en ese chico del que no te acuerdas ni del nombre, esa chica que ha venido hace poco y no interviene nunca en clase. A lo mejor esos compañeros aparentemente “insignificantes” pueden ser los mejores amigos de tu vida. El protagonista de esta historia encontró su mejor amigo donde menos lo esperaba. ¿Quieres saber qué le pasó?


Hace mucho, mucho tiempo, tanto tiempo que ya casi nadie se acuerda, había una vez en Sri Lanka un niño llamado Majú.

Majú tenía unos diez años y era huérfano. Pero en aquella época se podía vivir en Sri Lanka si sabías hacer un par de cosas. Veréis, había heredado de sus padres la choza en la que vivía, y había aprendido a pescar. Cada mañana, Majú se levantaba y con medio coco vacío iba al bosque. Allí buscaba gusanos hasta que llenaba el coco.

Entonces iba con los aparejos de pesca a la playa, y camina que caminarás llegaba a su roca preferida, se encaramaba a ella, ponía el cebo en el anzuelo y ¡zas! a pescar. La verdad es que en esa zona había mucha pesca. Al atardecer volvía a la aldea. Había mercado y allí vendía el pescado que no necesitaba. Con el dinero que conseguía se compraba fruta, verdura y otras cosas que necesitaba.

Majú era feliz así. Pero llegó la época de las lluvias. No creáis que cuando llegaba la época de las lluvias llovía una o dos horas, como aquí… Nooo. La época de lluvias duraba días y días y días. Y claro, Majú no podía salir a pescar, y poco a poco se iba comiendo las provisiones.

Por fin dejó de llover. Al amanecer, Majú fue al bosque, cogió un montón de gusanos, llenó su medio coco y, camina que caminarás llegó a la playa, se encaramó a su roca preferida, puso el cebo en el anzuelo y ¡zas! empezó a pescar. Pero no pescó nada. Y al día siguiente tampoco. Y al día siguiente tampoco… Hasta que por fin se le acabaron las provisiones y un día se fue a la cama sin cenar. ¡Qué hambre tenía! Las tripas le rugían. Pero no importaba. Majú era muy positivo, así que se dijo que al día siguiente conseguiría pescar.

Al amanecer, Majú fue al bosque, buscó los gusanos más gorditos y más apetitosos, llenó su medio coco y, camina que caminarás llegó a la playa; se encaramó a su roca preferida, puso el cebo en el anzuelo y ¡zas! empezó a pescar. Pasó una hora… dos… tres… nada. Todo el día pescando y no había nada…

Y cuando ya estaba atardeciendo, de repente… ¡Algo había picado el anzuelo! ¡Qué bien! ¿Y sabéis qué había picado el anzuelo? ¡Un jalmeso!

¿No sabéis qué es un jalmeso? Pues es un pez del océano Índico y es… ¡El pez más pequeño del océano Índico! Había estado todo el día pescando para acabar con un jalmeso!

–          No importa – se dijo Majú, que era muy positivo – me lo comeré fritito fritito esta noche.

Y de repente se oyó una vocecita. Era el jalmeso:

–          ¿Por qué me has quitado del mar? ¡Yo quiero estar en el agua, con mis hermanos y mi mamaaa!  ¡Buaaa!

–          ¡Un jalmeso que habla! ¡Un jalmeso que habla!

–          Síiii, qué pasaaaa, tú también hablaaas

–          Sí, pero yo soy un niño

–          Y yo un jalmesoooo, y queeee. Pero dime, ¿qué quieres hacer conmigo?

–          Pues comerte fritito fritito esta noche

–          Buaaaa! ¡No me comas! ¡Por favooor!

Y el jalmeso le pidió que por favor lo devolviera al mar y que no lo comiera. Y que si lo devolvía al agua, él sería su mejor amigo, y que si alguna vez lo necesitaba siempre le ayudaría.

Majú lo devolvió al mar, pero no porque esperara que el jalmeso le pudiera ayudar alguna vez, sino porque tenía muy buen corazón, y le dio pena el pececito.

Regresó a la aldea. Era la hora del mercado pero en las calles… ¡No había nadie! ¿Qué pasaba? ¿Dónde estaba la gente? A lo mejor en aquella choza lo ayudaban.

Así que se dirigió a una choza. Descorrió la cortina y en medio de la choza estaba el padre, la madre, los abuelos y los niños que, sentados en el suelo se abrazaban y lloraban mientras gritaban: ¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Madre mía!….. ¡Nadie le hacía caso en la choza! ¿Qué estaba pasando?

-Bueno, da igual, preguntaré en otra choza.

Así que se dirigió a una segunda choza. Descorrió la cortina y en medio de la choza estaba el padre, la madre, los abuelos y los niños que, sentados en el suelo se abrazaban y lloraban mientras gritaban: ¡La que nos espera! ¡La que nos espera! ¡La que nos espera!….. ¡Nadie le hacía caso en la choza!

-Bueno, da igual, preguntaré en otra choza. ¡A la tercera va la vencida!

Así que se dirigió a una tercera choza. Descorrió la cortina y en medio de la choza estaba el padre, la madre, los abuelos y los niños que, sentados en el suelo se abrazaban y lloraban mientras gritaban: ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!….. ¡Nadie le hacía caso en la choza!

–          ¡Pero bueno! ¿Qué está pasando? – Entonces vio pasar a un amigo que iba corriendo al bosque  – ¡Eh! Pero ¿qué ocurre?

–          ¿No sabes qué ocurre? ¿Pero dónde has estado tú durante todo el día?

–          Pues en la playa… pescando… Bueno, mejor dicho, intentando pescar…

Y entonces el amigo le explicó una terrible noticia. El Marajá de la India había salido con tres barcos de guerra llenos de soldados y elefantes para hacer la guerra a las gentes de Sri Lanka. Y que los iban a matar. Y que si no los mataban, los harían esclavos, los cual era muchísimo peor.

Majú estaba destrozado. Quería llorar porque sabía que mañana llegaría su final, pero no sabía a dónde ir. No tenía ni padres, ni abuelos, ni hermanos con quienes llorar, así que se fue a su roca preferida, se encaramó a ella y empezó a llorar.

¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Madre mía!…..

¡La que nos espera! ¡La que nos espera! ¡La que nos espera!…

¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!…..

Y de repente se oyó una vocecita que venía de lejos, en medio del mar…

–          Majúuu, soy yoooo, tu amigo el jalmeeesooo

Vaya, ¡era el jalmeso! Majú le explicó el problema que tenían: al día siguiente los invadiría el Marajá de la India, y era mejor morir que ser esclavo. ¡Qué sería de él!

Y entonces el jalmeso le dijo que no se preocupara que él  lo salvaría, y se fue corriendo… bueno, no se fue corriendo, se fue nadando.

Pero el jalmeso, aunque era pequeño, era muy muy listo, así que ideó un plan. Y luego llamó a todos los jalmesos y les explicó su plan. ¿Sabéis cuál era su plan?

–          Chucuchú chucuchú chucuchú….

¿Habéis entendido cuál era su plan? ¿Cómo que no? ¿Pero que no os enseñan el lenguaje de los peces en el instituto? ¡Desde luego, es que no sabéis nada! En fin

Y entonces todos los jalmesos llamaron a las sardinas, y cada jalmeso explicó el plan, que era…

–          Chucuchú chucuchú chucuchú….

Y entonces todos los jalmesos y las sardinas llamaron a los boquerones y a las merluzas, y les explicaron el plan, que era…

–          Chucuchú chucuchú chucuchú….

Y entonces todos los jalmesos y todas las sardinas, y todos los boquerones y tooodas las merluzas llamaron a millones y millones de peces y les explicaron su plan, que era…

–          Chucuchú chucuchú chucuchú….

Y así todos los peces del océano Índico sabían cuál era el plan de nuestro jalmeso.

Y llegó el amanecer. El terrible día, el día de la muerte y la destrucción había llegado. Todos los habitantes de la aldea bajaron a la playa. Preferían morir cuanto antes.

Amanecía. A lo lejos se veían los tres barcos del Marajá. El viento soplaba fuerte y henchía las velas izadas. De repente… las naves no se movían. ¿Qué pasaba? El marajá ordenó arriar las velas y que los soldados remasen. Pusieron los remos en el agua y de repente… No se movían… Parecía que unas manos, que un muro marino invisible impidiera que el barco avanzase….

El Marajá creyó que los dioses de su religión no querían que invadiera Sri Lanka y decidió volver a su tierra. Y nunca más lo intentó.

Las gentes de la aldea nunca supieron qué había pasado, pero nosotros sabemos qué ocurrió, ¿verdad? Claro que sí, el jalmeso y todos los peces del océano Índico habían impedido el paso de las naves del Marajá.

Y desde entonces, cuando Majú tenía algún problema, iba a su roca preferida y hablaba con el jalmeso; el pez más pequeño y más insignificante del océano Índico era su mejor amigo.

Y colorín colorado, este cuento ha terminado.

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà Els camps necessaris estan marcats amb *

XHTML: Trieu una d'aquestes etiquetes <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>