Cuando los niños no iban a la escuela

Estos días hemos hablado en clase del coronavirus, y todos habéis comentado las ganas que teníais de venir al instituto. Ahora valoráis realmente la suerte que tenemos al poder venir a clase con amigos, profesores, mochilas y sueño en los ojos. No os importa que a veces los resultados no sean tan buenos como desearíais: queréis estar aquí.

Hace muchos años había niños que no podían ir a la escuela. La causa no era el confinamiento por una pandemia, como nos ha pasado a nosotros; la causa era que no podían ir a la escuela porque tenían que trabajar para ayudar en casa.

¿Os imagináis cómo se sentía Pedro, el protagonista de nuestra historia, cuando tuvo que dejar la escuela del pueblo para ayudar a su padre en el campo? Pareciera que la suerte estaba en su contra, pero basta que aprovechemos las oportunidades que nos da la vida para que la suerte nos favorezca.


PEDRO CUATROJOS

Hace mucho, mucho tiempo, tanto tiempo que ya nadie se acuerda, en un país lejano vivía Pedro a salto de mata haciendo recados; ayudando a los vendedores del mercado; recogiendo chatarra; acudiendo aquí y allá para conseguir unas monedas que entregaba puntualmente a sus padres, que también se afanaban para sacar adelante a la familia.

Cuando el padre conseguía un trabajo, Pedro iba a la escuela mientras duraba la buena racha, pero desgraciadamente tenía que abandonarla pronto, y así, a salto de mata, aprendió a leer a trompicones y a escribir en renglones torcidos.

Como dice el refrán que “en el país de los ciegos, el tuerto es el rey”, a los variados oficios con los que Pedro se ganaba la vida pudo añadir dos más: leer las cartas que alguna vez recibían los vecinos analfabetos y contestarlas al dictado de los que no sabían hacer ni la O con un canuto.

A Pedro le encantaba leer. Recogía los periódicos y las revistas que la gente tiraba en el suelo y, entre recado y recado, se entretenía leyendo.

Una vez encontró en la basura una novela de aventuras a la que solo le faltaban las primeras páginas y, sin conocer el autor ni el título del libro, empezó a leerla.

La historia era muy interesante y divertida pero, cuando Pedro estaba más enfrascado en la lectura, tuvo que cerrar el libro porque le llamó el verdulero para encargarle que fuese a entregar una cesta de frutas y verduras en un barrio de casas nuevas a las afueras de la ciudad, donde seguramente le darían una buena propina si hacía el recado deprisa.

–No te entretengas por el camino –le dijo el verdulero.

–Iré y volveré enseguida  –aseguró Pedro.

Siempre lo hacía, pero esta vez tenía dos motivos más: el primero, ganar la propina prometida, y el segundo, como había tenido que interrumpir la lectura de la novela, enterarse del final de la historia.

“Tal vez pueda caminar y leer al mismo tiempo”, pensó para sus adentros.

Dicho y hecho.

Se puso la cesta en la cabeza, se sacó la novela del bolsillo y, manteniendo abierto el libro ante sus ojos, reemprendió la marcha, caminando y leyendo.

Todo fue bien mientras caminaba por calles asfaltadas y con anchas aceras, pero en cuanto tuvo que meterse por un camino de tierra y piedras, empezó a dar tropezones.

Hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir: que Pedro dio con una piedra más grande que las otras, se hizo daño en los pies, resbaló…

–¡Ay!

–Soltó el libro, se le cayó la cesta, y todo lo que llevaba dentro salió rodando por el suelo.

–¡Qué mala suerte! –exclamó Pedro, mientras recogía las frutas y las verduras para volver a meterlas de nuevo en la cesta.

Entonces vio en medio del camino una piedra muy grande, blanca por una cara y negra por otra.

–¡Esta es la piedra que me ha hecho caer! –refunfuñó Pedro–. ¡Dichosa piedra!

Y para que ningún otro caminante volviera a tropezar con ella, la tomó del suelo para lanzarla lejos. Todavía la tenía en la mano cuando oyó una voz que decía:

–¡Espera! ¡No me tires!

Pedro se extrañó mucho, pues no había nadie más que él en el camino.

La voz misteriosa continuó diciendo:

–No me tires, no me desprecies, porque yo no soy una piedra cualquiera.

–Pues entonces, ¿qué eres?

–Yo soy la suerte –respondió la piedra blanca y negra–. Y tú, sin darte cuenta, acabas de tropezarte con tu suerte.

Pedro refunfuñó:

–Pues he dado con la cara negra, porque solo me han ocurrido desgracias: me he caído al suelo; me he hecho una herida en el dedo gordo de este pie, que me duele mucho; se han espachurrado algunas frutas que tendré que pagar de mi bolsillo, y ahora me estás entreteniendo y, si me retraso, me quedaré sin la propina. Ya sé que resulta peligroso caminar y leer al mismo tiempo, así que cerraré el libro y seguiré adelante mirando donde piso, para no volver a tropezarme contigo.

–¡No digas eso! –replicó la piedra de la suerte. Muchos se quejan de mí sin darse cuenta de que son ellos mismos los que tienen la culpa de su mala suerte. Otros, como tú, tropiezan conmigo y pasan de largo, sin aprovechar las oportunidades que yo les ofrezco. Voy a olvidarme de tus primeras quejas y voy a darte una segunda oportunidad. Te lo repito: hoy estás de suerte. Dime lo que deseas y te daré lo que me pidas.

Pedro no se fiaba mucho de las promesas de la piedra, pero pensó para sus adentros: “Por probar, no se pierde nada”.

Volvió la piedra del otro lado y le dijo a la cara blanca, despacio y en voz baja:

–Pues a mí me gustaría… Me gustaría mucho tener ojos en la punta de los pies, para ver el camino y el libro al mismo tiempo, y poder caminar y leer sin tropezar cuando voy de un sitio a otro haciendo recados.

La piedra de la suerte, acostumbrada a que la gente le pidiera un coche nuevo o un montón de billetes, le replicó extrañada:

–¿Estás seguro de que es eso lo que quieres?

–Segurísimo.

–¿Y no te quejarás de mí si te concedo lo que me pides y luego no te gusta?

–No.

–¿Y en adelante nunca te quejarás de tu mala suerte, echándole la culpa de tus errores?

–Nunca.

–Está bien. Pues ahora mismo te concedo tu petición, y espero que cumplas tu palabra.

Pedro se agachó y se miró la punta de los dedos gordos de sus pies, esperando ver aparecer un ojo en cada uno de ellos pero tuvo que aguardar un montón de rato sin que pasase nada.

Enfadado, se puso de pie de un salto, levantó el pie derecho para darle un patadón a la mentirosa piedra de la suerte, pero se detuvo de pronto sin llegar a tocarla, y se quedó quieto a la pata coja, pues la piedra de la suerte había aumentado de tal forma que ahora podía verla como si la tuviera muy cerca.

Sorprendido se agachó, se tapó las puntas de sus pies con las manos y dejó de ver la piedra, como si hubiera cerrado dos nuevos ojos.

Sin creérselo del todo, Pedro giró un pie a la derecha, en dirección a las florecillas que crecían en el borde del camino, y las vio enormes y con todo detalle. Acercó el otro pie a un caracol, que avanzaba lentamente por la arena, lo miró y le pareció del tamaño de un dinosaurio.

–¡Es verdad! ¡La piedra de la suerte ha cumplido su promesa! –exclamó sorprendido–. Ahora puedo ver como si tuviera cuatro ojos.

Colocó bien la piedra para que todos los que pasaran por el camino tropezasen por su cara blanca, y le dijo:

–¡Muchas gracias!

Se levantó, se colocó la cesta en la cabeza, y volvió a caminar y a leer al mismo tiempo, pero ahora sin miedo de dar con las narices en el suelo.

–¡Estupendo!

Pedro siguió haciendo recados; ayudando a los vendedores del mercado; recogiendo chatarra; acudiendo aquí y allá para conseguir unas monedas, pero desde entonces fue siempre de un lado a otro caminando y leyendo, y en el barrio empezaron a llamarle Cuatrojos.

En vez de enfadarse, a Pedro le gustó el mote, tanto que lo tomó como si fuera su apellido.

A fuerza de leer por la calle, de asistir a la escuela cuando podía y de sacar libros de la biblioteca, Pedro llegó a la Universidad y estudió Medicina, y el doctor Cuatrojos se hizo famoso por su bondad y su sabiduría.

Y colorín colorado, este cuento ha terminado.

 

 

 

 

 

 

 

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