Los relatos de amor nunca deberÃan ser también relatos de odio y, sin embargo, Hojas muertas es lo uno y lo otro. Hojas muertas es también un relato que se leyó durante cierta sesión de patio poético en la biblioteca del instituto y es, finalmente, uno de los relatos que hoy, 25N, han de leerse con especial atención y ánimo reflexivo.
Lo habÃa conocido una tibia tarde de otoño, a la hora mágica en que el sol doraba, malheridas en los árboles o muertas en las aceras, las hojas caducas de los plataneros del vecindario. Se enamoró enseguida de sus ojos de hombre y su boca de hombre, de sus pies de hombre y sus manos de hombre. Luego vendrÃan la mirada y los susurros, el andar y las caricias, y ese cuidado exquisito que él iba a poner en todo lo que fuese destinado a ella.
Siete otoños se habÃan ido sucediendo desde entonces. Y siete inviernos, siete primaveras y seis veranos. Y algunas discusiones. Y algunas manos alzadas también. Resultaba difÃcil ahora saber en qué estación de qué año se alzó la primera antes de caer con violencia y lacerar su rostro asustado. «Con lo que yo te quiero», le dijo aquella primera vez y las que la sucedieron.
«Con lo que yo te quiero», le parecÃa estar oyendo decir también ahora, mientras notaba cómo le faltaba el aire, cómo se comprimÃan sus carótidas y se aplastaba su tráquea bajo la presión animal de aquellas manos, las mismas manos de las que ella se habÃa enamorado una vez, durante cierto otoño de hojas muertas en las aceras.

