Historias para no dormir

Seguramente te has acostumbrado a pasártelo bien en Halloween: te disfrazas, sales con tus amigos, decoras la clase o tu casa…

Vale, no digo que no lo hagas, pero no te olvides de lo que dicen nuestras tradiciones. Siempre se ha dicho que la noche del 1 al 2 de noviembre, los difuntos salen de sus tumbas y vuelven a las casas donde vivieron. Así que ten cuidado. Si has salido en Halloween, no salgas la noche siguiente, no sea que te pase como el desafortunado Alonso al que la noche de difuntos lo pilló en el Monte de las ánimas.

Quédate en casita, y pide que te cuenten una historia para no dormir. Ya sabes, hay que seguir la tradición.

EL MONTE DE LAS ÁNIMAS de Bécquer

Antes de explicaros la historia de Alonso y la hermosa Beatriz os tengo que explicar una leyenda soriana relacionada con un monte, el monte de las ánimas.

Hace mucho, mucho tiempo, tanto tiempo que ya casi nadie se acuerda, el rey de Castilla había regalado a los monjes templarios un terreno muy grande de Soria. Era una zona con grandes bosques y muchísima caza. Allá los templarios levantaron un castillo. Pero los nobles de Soria odiaban a los templarios, ya que el rey les había dado muchas tierras que consideraban les pertenecían. Entre los nobles y los templarios solía haber pequeñas batallas, escaramuzas sin importancia… pero un día sucedió una gran batalla en la que todos los nobles y los templarios murieron. El suelo quedó lleno de cadáveres. Las aguas del río bajaban rojas, tintas de sangre. El rey ordenó que enterraran a nobles y templarios todos juntos, en el cementerio del castillo. Y nadie más volvió a pisar ni el castillo, ni la capilla ni aquellas tierras.

Pero la noche de difuntos, la noche en que las almas salen de sus tumbas, se decía que la campana de la capilla de los templarios sonaba sin que nadie la tocara. Y al día siguiente, sobre la nieve del monte, se veían pisadas, pisadas de pies descarnados, pisadas… de esqueletos. Nadie en Soria iba al monte de las ánimas después de la puesta de sol, porque todos sabían que los monjes templarios y los nobles salían de sus tumbas y se perseguían los unos a los otros, en una cacería infernal.

Una vez un pastor se perdió buscando una oveja y pasó la noche de difuntos en ese monte. Al día siguiente lo encontraron muerto, devorado por los lobos. Y otra vez, un peregrino que no sabía de la leyenda también pasó allí la noche infernal. Cuando lo encontraron los lugareños vieron a un hombre con los ojos desencajados, la boca entreabierta sin poder hablar, la razón perdida.


Y ahora sí os voy a explicar la historia.

Beatriz y su primo Alonso habían salido de cacería, junto a los criados y a toda la familia. El frío invierno se había adelantado, había nevado mucho y los lobos bajaban cerca de la ciudad matando tantos corderos que era preciso hacer una cacería para matar lobos.

La hermosa Beatriz se había criado en Francia. Había venido a Soria a recuperarse de una enfermedad y a conocer el lugar donde habían nacido sus padres. Alonso, el primogénito de los condes de Alcudiel, se había enamorado profundamente de su prima francesa, pero se había dado cuenta también de que esta lo despreciaba, lo consideraba inferior, vulgar.

Ambos estaban cabalgando por los montes cercanos a Soria cuando empezó a anochecer. Entonces, Alonso le dijo a la hermosa Beatriz que tenían que darse prisa en regresar, ya que era la noche de difuntos y las ánimas de los muertos saldrían de sus tumbas esa noche. Beatriz escuchó la historia del monte de las ánimas y miró con desprecio a su primo. Le parecía imposible que un joven educado pudiera creer semejantes supercherías.

Llegaron al castillo de los condes de Alcudiel. Cenaron. Ya era de noche. En el amplio salón de los condes, las viejas contaban historias de aparecidos y de muertos.

Se oye el ladrido lejano de los perros.

El viento aúlla y las campanas doblan a muerto.

Beatriz y Alonso están en silencio. Alonso mira de reojo a Beatriz, pero esta mira fijamente el crepitar de las llamas. Su cara parece reflejar aburrimiento, hastío.

Prima, Beatriz, mañana partes de vuelta a tu hogar, quizá nunca más te vuelva a ver. Me gustaría que tuvieras como recuerdo mío esta joya que hay en mi sombrero.

Beatriz coge en silencio la joya que le ofrece Alonso. Es una joya tan pequeña…

Beatriz, prima, ¿no me darías tú algo a cambio, como recuerdo de tu estancia en España?

Y entonces, un brillo surge en los ojos de Beatriz. Es una mirada burlona, divertida, diabólica… Y con una voz casi infantil le dice que pensaba regalarle la banda azul que llevaba esa mañana, cuando habían ido a cazar lobos, pero que la había perdido.

¿Dónde la has perdido, Beatriz? No dudes, dímelo, que la iré a buscar.

Y entonces ella le contesta que la ha perdido… en el monte de las ánimas.

Alonso se queda helado. ¡El monte de las ánimas! ¡Y nada menos que la noche de difuntos! Todo el mundo sabe que esa noche no se puede ir al monte de las ánimas, que los nobles y templarios salen de sus tumbas y hacen una cacería infernal, que todos los pastores o peregrinos que se perdieron en el monte esa noche amanecieron muertos, o locos por lo que habían visto…

¡Oh! Claro, claro, primo, faltaría más… Con el frío que hace esta noche… con lo oscuro que está todo… con los lobos que hay por el monte… Para nada pienso que seas un cobarde… Nooo…

Alonso se secó el sudor de la frente. El cuerpo le temblaba. Sabía a qué se exponía si iba al monte de las ánimas la noche de difuntos: la locura, la muerte… Pero prefería eso antes de que su prima Beatriz lo creyera un cobarde

Y levantándose se despidió de Beatriz:

Adiós Beatriz, adiós. Ya nunca te volveré a ver.

Y una sonrisa burlona surgió en la cara de Beatriz. Había triunfado otra vez.

Se oye el ladrido lejano de los perros. El viento aúlla y las campanas doblan a muerto.

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Beatriz se ha ido a su alcoba. Hace ya varias horas que Alonso tendría que haber regresado, pero aún no hay noticias suyas.

“¡Habrá tenido miedo! “, se dice Beatriz. Cierra el libro de oraciones, se mete en la cama y se duerme. Es un sueño nervioso, intranquilo, angustiado.

A lo lejos se oye el reloj de una iglesia. Son las doce de la noche. Los perros aúllan, el viento gime en el balcón y las campanas doblan a muerto.

A lo lejos, muy lejos una voz tristísima gime… Beatriiiizzzz…. Beatriiiizzz….

La hermosa se despierta asustada. Será el viento…

Pero su corazón late cada vez con más fuerza

Oye lejano un crujido de una puerta, como si se abriera en medio de la noche. Luego cruje otra puerta, otra puerta, otra puerta… Cada vez las puertas que se abren están más cerca de su habitación

Ladridos de perros, voces confusas, susurros, sonidos de pasos, crujir de ropajes moviéndose, la presencia de algo que no se puede ver pero se siente…

Todo está oscuro y, de repente la puerta de su habitación cruje, se abre, y algo extraño, algo como un ruido de huesos chocando, se desliza despacio por su habitación, hasta mover la silla que está enfrente de la cama.

Beatriz grita aterrada y se esconde bajo las sábanas.

Instantes después… nada.

Beatriz, espantada, escucha bajo las sábanas el silencio de la noche. La noche más larga de su vida. Pasan las horas y, por fin, amanece.

Por fin es de día. Con la luz desaparecen los miedos de la noche, y Beatriz se ríe de sí misma, de lo miedosa que ha sido. ¡Es tan hermosa la luz clara del día!

Se levanta de la cama y mira a su alrededor. Todo está bien… ¿Todo? De repente un sudor frío le baña el cuerpo y una palidez mortal cubre su cara: sobre la silla de su alcoba, desgarrada, ensangrentada, hecha jirones, está la banda que había perdido en el monte de las ánimas, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Unas horas después llegaron los criados para comunicarle la muerte de Alonso, el primogénito de los condes de Alcudiel. Alonso había muerto devorado por los lobos aquella noche. Los sirvientes se la encontraron inmóvil, crispada, los ojos desencajados, entreabierta la boca, blancos los labios, rígido el cuerpo… Muerta, muerta de horror.

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Dicen que años después de pasar este suceso, un cazador que se había extraviado la noche de difuntos en el montes de las ánimas, explicó lo que había visto aquella noche: Vio a los esqueletos de los antiguos templarios y los nobles levantarse de sus tumbas y, sobre caballos fantasmagóricos, perseguir a una mujer hermosa, desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos, arrojando gritos de horror, daba vueltas a la tumba de Alonso mientras gritaba:

Perdón, Alonso, perdón.

Y COLORÍN COLORADO, ESTE CUENTO HA TERMINADO.

 

(La hora del cuento, Rosa Palau)

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