Sí. Acaba muy mal. Y todos nos sentimos tristes por el joven pescador Urashima, pero es que las leyendas populares son así, no siempre acaban como nosotros querríamos.
Por cierto, esta historia es muy importante en Japón, tan tan importante que varios episodios de Doraemon y un personaje de Bola de dragón están inspirados en ella.
Ya que la leyenda nos transporta al antiguo Japón, hemos visto en clase el tocador de una geisha, con el típico color rojo y un dragón dorado, símbolo de la buena suerte.
HISTORIA DEL JOVEN PESCADOR URASHIMA
Hace mucho mucho tiempo, tanto tiempo que ya casi nadie se acuerda, había una vez un joven pescador llamado Urashima que vivía en una aldea del Japón. Urashima vivía con su madre, viuda desde hacía tres años. Su casa estaba arriba de la montaña, era una choza pequeña y blanca junto al templo dorado, coronado por un enorme dragón rojo, tan antiguo como el mundo.
Urashima era un buen pescador. Por las mañanas iba a pescar y cuando llegaba al puerto iba al mercado, donde vendía buena parte de la pesca. Después volvía a su casa; su madre cocinaba el pescado que le había traído y luego, al anochecer, le contaba hermosas leyendas japonesas con las que se quedaba dormido. Urashima era feliz en su pequeña aldea de pescadores, llena de casitas blancas.
Un día en que la pesca había sido buena y llevaba el bolsillo lleno del dinero conseguido con la venta de los peces, iba paseando por la playa y se encontró con tres malhechores, unos truhanes que estaban maltratando a una tortuga. Uno estaba sentado encima de la tortuga y pegaba botes… ¡estaba a punto de romperle el cascarón! Otro estaba esperando que la tortuga asomase su cabeza, para darle con una piedra, y el tercero le tiraba de las patas a la pobre tortuga… ¡La iban a despedazar!
A Urashima le dio muchísima pena la indefensa tortuga, así que se dirigió a los truhanes:
-¡Dejad a esa tortuga en paz!
Los bribones se rieron y miraron a Urashima con prepotencia. ¡No pensaban hacer caso de un pescadorcillo del tres al cuarto!
Urashima, entonces, ofreció todo el dinero que llevaba, a cambio de que dejasen de maltratar a la tortuga. Los malhechores aceptaron encantados, y fueron la taberna, a emborracharse con el dinero que habían conseguido tan vilmente.
Urashima cogió la tortuga y se acercó al agua de la playa, para depositarla en el mar, pero antes de dejarla la miró a los ojos… Eran unos ojos extraños, casi humanos, misteriosos, femeninos…
Y al día siguiente Urashima volvió a pescar. Cuando estaba en medio del mar, oyó una voz que venía de muy cerca:
-¡Urashima! ¡Urashimaaa!
Urashima escudriñó el horizonte, pero… ¡No había nadie! Y otra vez la misma extraña voz:
-¡Urashima! ¡Aquí abajo!
En el agua, junto al casco del bote, estaba la tortuga del día anterior. Le dijo que era la hija de la reina de los mares del Japón, y que le estaba muy agradecida por haberle salvado la vida, así que le ofrecía ir con ella a conocer el fondo del mar, y que no tuviera miedo, porque con ella no se ahogaría.
Urashima no sabía qué hacer. Su madre le estaba esperando en la choza, tenía tantas obligaciones… Pero después de pensarlo unos instantes aceptó la oferta de la tortuga y se fue al reino del fondo del mar.
Lo que Urashima vio en el fondo del mar fue indescriptible, porque los humanos no tenemos palabras para describir semejantes maravillas. Baste decir que Urashima estuvo tres días y tres noches en el más absoluto de los éxtasis y de la felicidad, pues aquello era semejante al paraíso.
Después de tres días, Urashima pensó que su madre estaría muy preocupada por su ausencia, así que pidió permiso para regresar a su aldea. La reina de los mares se lo concedió, y le dio como regalo una pequeña cajita de nácar. Aquella cajita sería como un talismán que lo ayudaría en los momentos difíciles. Si alguna vez quería volver al fondo del mar, no tenía más que ir a la playa con aquella cajita, y su hija, la tortuga, vendría a buscarlo, pero tenía que tener mucho cuidado y no abrir nunca la cajita, porque si lo hacía perdería el poder del talismán y nunca podría regresar al reino submarino. La reina se lo repitió otra vez: solo tendría que ir a la orilla del mar con la cajita de nácar, y esperar que su hija, la tortuga, viniera a buscarlo, pero nunca, nunca, podría abrir la caja.
Urashima montó encima de la tortuga que lo devolvió a la superficie del mar. Allí lo esperaba su barca; subió en ella y se dirigió al puerto. Pero cuando llegó no reconocía nada de lo que veía. Miró extrañado a unos hombres que pasaban; iban vestidos de manera rara, como si fueran estudiantes, soldados, hombres de negocios… y lo más raro es que ellos también lo miraban a él con cara de asombro.
¿Y las casitas? ¿Dónde estaban las pequeñas casitas blancas de su aldea? En su lugar había enormes edificios hechos con un material que desconocía. ¿Y los caminos? No había piedras, ni tierra, ni hierba… Todo estaba cubierto de una capa negra…
¿Es que no había nada que reconociera? ¡Oh, sí! Allá arriba estaba el templo, el templo dorado, coronado por un enorme dragón rojo. Junto al templo estaba su choza… Allí estaría su madre…
Subió corriendo la colina… En efecto, allí estaba su choza… seguramente allí estaría su madre… Descorrió la cortina…
-¡Madre, ya estoy aquí! ¡Madre! ¿Madre??
¡Qué raro! Estaba todo demasiado limpio, como si no se usara, y allí no estaba su madre por ninguna parte…
Salió a la calle y al ver a un señor que pasaba, le preguntó si sabía dónde estaba la dueña de aquella choza…
El hombre lo miró extrañado… ¿Pero qué le estaba preguntando? ¿Qué quién vivía allí? ¡Pero si aquello era parte de un museo! Aquella choza se conservaba para mostrar cómo se vivía en la isla hacía 300 años ¡¡¡¡300 años!!!!!
Urashima estaba en estado de shock. No entendía nada de lo que estaba pasando. Así que, de repente, se dio cuenta de que en sus manos llevaba aquella cajita de nácar que le había dado la reina de los mares. Sin duda allí estaba el secreto de lo que estaba pasando…
No se acordaba de lo que le habían dicho, de que no la podía abrir, así que la abrió, y de repente una nube de polvo lo envolvió, y su corazón se fue transformando en polvo, y sus pulmones y sus músculos y su cabeza… y todo él se transformó en polvo… en humo…. en aire… en nada… y desapareció, como desaparece el viento sobre la montaña.
Porque los tres días que Urashima había pasado en el fondo del mar habían sido trescientos años en la tierra. Y todo ese tiempo estaba encerrado en la cajita, y cuando la abrió cayó sobre él el tiempo, los trescientos años, y lo mató, y desapareció, porque todos desapareceremos después de trescientos años.
Y colorín colorado, este cuento japonés ha terminado.


