I si entre tots fem un llibre?

A l’hora del PLEC vam llegir, no fa molt, a tercer i quart, una selecció de contes relacionats, d’una forma o altra, amb la ciència. Van ser els guanyadors dels darres anys del concurs “Inspiraciència”, un concurs obert a la participació de qualsevol que tingui una mica d’interès per l’escriptura i per la ciència. Segons sembla, tenim un bon número d’alumnes interessats en participar en la propera edició del concurs. Més enllà de guanyar o deixar de guanyar, seria bonic recollir els contes dels nostres alumnes i fer, perquè no?, el primer llibre generat a l’Hipàtia.

Hem fet votar als nostres alumnes sobre els contes que han llegit, i volem compartir amb vosaltres el que més ha agradat. A veure què us sembla.

Molecular Thoughts
ME LLAMABA ELENA

 

De niña me preguntaba por qué mis padres intercambiaban miradas de preocupación cada vez que por televisión se hablaba de Teris. De niña me preguntaba si sería cierto que ciento ochenta kilómetros cúbicos de aleaciones de hierro lanzándose en picado hacia nuestro viejo mundo serían suficientes para aniquilar todo lo que habíamos conocido.

Me llamaba Elena. Es difícil describir dónde estoy instalada porque ni yo misma lo he comprendido muy bien hasta el momento. Todo el mundo había leído algo sobre las extinciones en masa. A todos nos habían contado alguna vez que vagando por ahí, entre las órbitas de Marte y de Júpiter, existían cientos de miles de cuerpos rocosos y metálicos de tamaños a veces impresionantes. Todo eso está muy bien, intelectualmente sabíamos que formábamos parte del Sistema Solar, pero la idea de que podía caernos una montaña del cielo nos resultaba emocionalmente ajena.

Recuerdo que crecí bajo la amenaza del asteroide. Después de todo, cuando Teris fue detectado yo era una niña. Mi memoria ha dejado de ser selectiva y aunque quisiera, no podría olvidar los muchos discursos del presidente de los Estados Unidos con decorados como la base espacial de cabo Cañaveral o la mismísima Casa Blanca anunciando entre sonrisas que todo estaba bajo control. Demasiadas veces, demasiadas sonrisas; mientras en la Universidad muchos nos apuntábamos a un programa experimental de software psíquico y nos dejábamos instalar en el cráneo un asistente de sondeo. Se pretendía investigar si era posible traducir a binario nuestros recuerdos, nuestros deseos, nuestras capacidades. No puedo precisaros cuanto tardó en abrirse paso la angustia en mi interior. El tiempo ya no tiene sentido para nosotros. Sé que sigue existiendo un tiempo objetivo ahí fuera. Sé que nuestro asentamiento tarda noventa minutos en dar una vuelta alrededor de la Tierra. Sé que la Tierra tarda un año en dar una vuelta alrededor del Sol. Pero nosotros ya no envejecemos. El paso del tiempo ha dejado de ser una experiencia fisiológica para mí.

Cuando los cohetes despegaron de sus lanzaderas orbitales, yo todavía estaba en la superficie de la Tierra. Durante años, las potencias tecnológicamente más desarrolladas y económicamente más pujantes, se afanaron por colocar satélites militares en las órbitas restringidas. Llenaron el cielo de cabezas nucleares y esperaron a que Teris estuviera a unas diez veces la distancia de la órbita lunar. Recuerdo la expectación. Recuerdo los últimos destellos de esperanza. Tengo grabadas aquellas imágenes que periódicamente enviaban los telescopios espaciales cada vez que una nueva oleada de ojivas partía hacia el asteroide. “Esta vez son de los americanos” decía la gente, “esta vez no fallarán” Pero ni los misiles americanos, ni los rusos, ni los chinos, ni ninguno de los demás conseguían hacer poco más que arrancar astillas de la piel de Teris. Una vez tras otra, las detonaciones nucleares arrancaban pedazos del gigante, pero de ningún modo conseguían reducirlo a niveles inofensivos.

Fue cuando todo empezó a desmoronarse. Por primera vez se sentía el miedo en el ambiente. Las sectas organizaban diariamente suicidios en masa, el caos se adueñó de las ciudades y el toque de queda nos arrinconó en nuestras casas. Las autoridades sanitarias nos convocaron a toda prisa. El programa de prótesis craneales había concluido y nos hicieron pasar por los hospitales para extraernos los asistentes. ¿Por qué tanto interés en aquellos aparatitos? ¿Por qué no concentrar todos los recursos posibles en un plan de emergencia para minimizar los efectos del meteorito?

Mi último recuerdo biológico se forjó cuando perdí el conocimiento en aquel quirófano rodeada de médicos. Sus batas, sus guantes y sus mascarillas verdes me produjeron frío.

Y cuando desperté, no podía creer dónde estaba. No podía creer qué era yo. Entonces comprendí cuál había sido el plan de emergencia; entonces entendí hasta qué punto yo había formado parte del plan B.”

Fuimos todo lo que la humanidad pudo salvar de sí misma. Nuestro transbordador despegó del cosmódromo unas horas antes de la llegada de Teris. No tuvimos elección, no fuimos preguntados. Ante la imposibilidad de detener al asteroide, muchos gobiernos habían optado por evacuar al mayor número posible de personas. Pero ¿de dónde sacar la energía necesaria para mandar al espacio a millones de seres humanos? ¿Dónde meterlos en caso de conseguir llevarlos hasta las órbitas?

La extropía fue la solución. Durante decenios se había especulado con la posibilidad de copiar en soporte digital la mente humana; traducir la consciencia a binario. Y lo habían logrado. Dado que nada podía ya evitar que Teris arrasara todo rastro de civilización, el gobierno sacó una copia de seguridad de la gente que resultaba valiosa por uno u otro motivo. Copió durante años nuestros procesos mentales gracias a los dispositivos que nos habían instalado. Cuando desperté de aquella operación ya no estaba en mi soporte natural. Seguía siendo yo, pero me habían evacuado. Me dormí en un cerebro biológico y desperté en un soporte informático.

Habían fabricado un asentamiento espacial dotado de un formidable arsenal biotecnológico e informático destinado a recibirnos. Una pequeña ciudad espacial automatizada. Un albergue para la cultura y la civilización humanas, no para la carne humana, condenada a desaparecer sin remedio. Seríamos inteligencia en estado puro, seríamos un arca de Noé a la espera de que las cosas mejoraran. Nos encomendaron la tarea de conservar aquí arriba la información genética de lo que había sido la especie humana, además de la de todos los animales y plantas que un día nos habían acompañado. También seríamos enciclopedias, compendios y guardianes del saber humano. Nuestra misión sería reconstruir la biosfera y la civilización cuando los efectos del impacto hubieran remitido.

Elena siguió existiendo. La operación no la anuló, simplemente sacó una copia de su personalidad: yo. Ella seguramente nunca comprendió para qué le habían hecho todo eso. Probablemente siguió viviendo hasta la explosión pero no puedo deciros con seguridad qué pasó con mi cuerpo ni cuando murió con exactitud.

Vimos llegar a Teris como una locomotora desbocada. Desde aquí arriba pudimos contemplarlo precipitándose hacia la atmósfera y encenderse como una antorcha aceitosa. Su descenso duró muy poco, apenas unos minutos. Siguió una trayectoria oblicua hasta precipitarse contra las llanuras pedregosas de Asia Central. Tuve ganas de llorar pero eso era algo que ya no me estaba permitido. Desde nuestra estación espacial pudimos ver el brillo, pudimos ver la onda expansiva y el hongo de cenizas proyectándose a la estratosfera, pero no logramos percibir el dolor. No alcanzamos a escuchar el sonido de los árboles ardiendo. No pudimos escuchar los gritos de pánico ni las lágrimas de los niños.

La corteza se resquebrajó y brotaron lavas. La onda de choque aniquiló todo lo que se encontrara a menos de cinco mil kilómetros. Los vientos huracanados cargados de polvo recorrieron todo el globo acabando con lo poco que hubiera sobrevivido. Los hollines ardientes se extendieron por la atmósfera ocultando al planeta en una noche permanente. Tardarían años en caer, pero no podrían tocar el suelo porque en su camino se habrían de topar con los cadáveres.

Algunos gobiernos habían evacuado grandes extensiones, habían construido refugios, pero todo resultó inútil. Durante años rastreamos el mundo entero buscando alguna señal de radio codificada pero sólo obtuvimos el silencio por respuesta. Fue duro. Fue triste.

¿Qué hacer ahora? Es una pregunta que nos hemos hecho miles de veces y para la que aún no tenemos respuesta. Las nubes se han disipado. La luz solar está derritiendo los hielos. Nuestras sondas indican que la composición atmosférica está recuperándose. Muchos opinan que debemos cumplir nuestra programación y proceder a recolonizar la superficie. Tenemos los medios. Desde aquí podría fabricar embriones humanos. Podría revivir a los elefantes si ése fuera mi deseo, pero, ¿por qué no dejar que las cosas sigan su curso? Los insectos han sobrevivido, al igual que las bacterias. Las semillas comienzan a brotar y la vegetación está recuperando sus viejos dominios. Hace millones de años los mamíferos tuvimos nuestra oportunidad porque un cometa acabó con los dinosaurios. Algunos pensamos que la evolución debe seguir su curso natural. Quizá en un futuro remoto existan artrópodos con grandes cerebros que se pregunten quiénes son y de dónde vienen.

Las personas nos definíamos por nuestra unión entre vida e inteligencia, pero ahora ambas se han separado para siempre. ¿Sigo siendo humana? Por lo menos sigo siendo consciente de mi propia existencia. No estamos vivos, somos inteligencia pura impresa un ordenador, somos información. En realidad, ya nada nos retiene en la órbita de la Tierra. ¿Por qué no explorar otras estrellas? Si somos una botella con un mensaje lanzada al mar, dejemos que las corrientes nos transporten hacia otras playas. Tal vez el destino de toda civilización tecnológica sea acabar como nosotros. Quizá el Universo esté lleno de botellas con mensajes. Estoy preparada para leerlos.

Somos todo lo que la humanidad pudo salvar de sí misma. Me llamaba Elena. Ahora soy un esquema de pensamiento, un superviviente de la sexta extinción.

MANUEL BUIL

I l’enigma del PLEC….

A qui pertany la fotografia en blanc i negre que encapçala l’article a la portada de la revista? Pistes…escriptora, llac, Lord Byron….

Qui tingui la resposta, que afegeixi un comentari a l’article i que ens expliqui un breu resum de perquè encapçala un article sobre un recull de contes de ciència ficció i quina relació tenia amb Lord Byron i un llac.

El guanyador s’endurà un fantàstic lot de dos xupaxups de colors complementaris!!

 

3 comentaris

    1. Ángel Nieto González

      Tenia relació amb Lord Byron, perquè va passar un estiu amb ell i amb altres amics a prop de Ginebra, on va concebre la idea per a la seva novel·la, que va escriure en una mansió llogada per Lord Byron a la riba del llac Leman a Suïssa.

      1. Ángel Nieto González

        A més a més té a veure amb el conte exposat a l’article perquè la història de Frankenstein narra com dóna vida a un ésser mort i inert, cosa que encara no es pot fer i, per tant, es tracta de ciència ficció.

Respon a Ángel Nieto González Cancel·la les respostes

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *

XHTML: Trieu una d'aquestes etiquetes <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>