Redaccions

Aquest cop els alumnes de 1r de la ESO havien d’escriure un text amb les paraules “sol” y “árbol”

A continuació podreu disfrutar de les 5 seleccionades!!

EL REGALO de Raquel Guillen

¿Nunca te has preguntado dónde van a parar los calcetines cuando se pierden? Yo sé la respuesta, pero me tomaréis como loca cuando os explique cómo lo descubrí.

Todo comenzó en mi decimosegundo cumpleaños. El día comenzó sorprendentemente mal, tenía bastantes problemas presentes: mis amigas llevaban tiempo riéndose de mí sin razón y ese día fueron más groseras que nunca conmigo. Otro problema que tenía era que mi madre estaba de viaje por asuntos de trabajo y no podría pasar el día con ella. La única que me sacó una sonrisa ese día fue mi tía Sofía, fue la primera y última persona que se acordó de mi cumpleaños. Mi tía, a parte de felicitarme, estuvo desde que salí del colegio conmigo, fuimos por el centro de la ciudad a pasear y a tomarnos unos helados. Cuando acabó la jornada me dio un regalo especial para mi: unos calcetines. Esos calcetines eran especiales para mí porque a parte que los hizo a mano eran muy bonitos; en ellos estaba escrito: “Abril, eres grande y única, que nadie te diga lo contrario”. La frase me dio ánimos para pensar que ese día no era el peor de todos. Estaba tan impaciente por probar los calcetines que me los puse esa misma noche para dormir con ellos.

En la madrugada me desperté, cosa que nunca me ha pasado. Me desperté por el inmenso frío que sentí en un pie, suponía que se me habría roto un calcetín y solo necesitaba coserlo, pero me equivoqué. No creía lo que estaba pasando, había perdido un calcetín. ¡El único regalo que tenía y ya lo había perdido! Tenía que encontrarlo  antes de la salida del sol, antes de ir a la escuela. Busqué en todo mi cuarto pero no lo encontré. Quería tomar un vaso de agua y fui a la cocina para echarme un poco, pero al parecer las botellas se habían acabado. Solo quedaba un refresco un poco raro pero tenía tanta sed que me lo bebí. Sentí un cosquilleo en mi cuerpo y repentinamente mengüé. Tenía el mismo tamaño que un ratón. Mi desesperación era enorme, así que fui al jardín para relajarme.

 Cuando llegué vi algo raro, había un agujero en un árbol. Decidí entrar para ver qué se veía en el interior. Una vez dentro vi algo que no me esperaba ver, vi un bar. Era muy pequeño, apenas cabían unas pocas mesas y estaban descuidadas, al igual que la barra. También había un televisor muy antiguo y difícilmente se podía ver lo que transmitía. Me sorprendí cuando oí una voz:

-¿Ahora vienes a buscarme?- dijo alguien con mucha indignación.

-No sé quién eres, ni siquiera te veo- comenté asustada.

-Estoy detrás de ti, Abril. Soy tu calcetín- añadió.

-¿Desde cuándo los calcetines tenéis vida?¿Y qué haces aquí? Llevo mucho tiempo buscándote- le expliqué.

-Pues que sepas que aunque me hayas encontrado no iré contigo. Me quedaré aquí, en el bar de los calcetines perdidos, estoy más cómodo- expresó el calcetín.

-Por favor, ven conmigo. Eres mi único regalo de cumpleaños- mencioné.

-¿No me has escuchado? No quiero – confesó.

Me fui llorando del bar. Al menos mis lágrimas habían hecho que volviera a mi tamaño normal. Después de todo eso intenté dormir las pocas horas que me quedaban, estaba demasiado cansada. 

En el momento que sonó la alarma por la mañana y abrí los ojos vi algo sorprendente. Vi a mi tía Sofía y a su lado a mi madre, que volvió del viaje por un imprevisto. Las dos estaban enfrente de mí con una caja y dentro de ella se escucharon unos ladridos. Cuando la abrieron me emocioné. En la caja había un perrito, era el regalo de cumpleaños más adorable de la historia. Estaba muy feliz, mi madre había vuelto ¡podía estar con ella! Sin embargo recordé que en unos minutos mi felicidad se acabaría porque vería a mis “amigas”. Cuando pasaron esos minutos, lo primero que hice fue plantarles cara. Se acobardaron y no volvieron a molestarme más.

 

 Redacción de Laura Pinatar               

Hace cientos de años existía un maravilloso árbol, era gigantesco, tan grande como una iglesia, tenía hojas doradas y puntiagudas de las cuales crecían unos frutos rojos.

Esa planta tenía una historia tras ella, se decía que cada cuatro años daba un fruto cual rubí y brillante como el mismo sol, el cual tenía espléndidas cualidades medicinales, pero solo si era procesado correctamente, en caso contrario la persona podría acabar muriendo.

* * *

Ya hace dos semanas desde que el árbol dio su tan esperada fruta y yo tuve la suerte de haber estado en el momento y lugar adecuados, o tal vez no. Desde ese día no he podido estar tranquila ni un solo momento, estoy rodeada de gente siempre. Normal, tengo en mis manos la magnífica baya y todo el mundo me intenta sobornar para conseguirla.  

– Te ofrezco 10 monedas de oro a cambio – me dijo una señora el otro día.

– Yo te doy 15 – contraofertó un anciano.

Ni me lo planteé, mi gran deseo es conseguir extraer la mayor cantidad de antídoto para poder ayudar a todas las personas posibles y para lograrlo debo esperar que regrese el druida del pueblo. Así que tuve que rechazar todas las ofertas que me propusieron, ¡hasta una de 30 monedas! 

Finalmente llegó. Fui a su casa y le conté mi idea, él aceptó y se puso a trabajar en ello. Días después el druida me llamó. Rauda y veloz, acudí a su llamada. Una vez allí me dio un frasco que contenía un jarabe de aspecto viscoso y de un tono rosado. Me dijo que tuviese cuidado con la poción, que con una sola gota era suficiente para curar cualquier enfermedad, que si me excedía podría enfermar aún más, incluso podría provocar la muerte.

Regresé a mi casa, preparé lo necesario para emprender mi misión, viajar por el mundo ayudando a quien lo necesitase.

El tiempo pasaba y la espera se me hacía eterna.

 

Redacción de Naomi Ruiz

Era un día de verano, el sol resplandecía y los niños corrían por el patio entusiasmados por la llegada de las vacaciones, la hora de recreo no había hecho más que empezar.

Katzuo un niño no muy sociable, estaba sentado sobre un muro, solo como de costumbre, sus compañeros intentaban evitarlo, esa era la razón por la que siempre se encontraba solo.

Mientras se comía su almuerzo Katsuo notó como si algo detrás del muro estuviera golpeando la pared, extrañado se levantó y cruzó hacia la parte trasera del muro para ver qué era lo que estaba pasando.

Al llegar al otro lado vio a unos matones de su clase golpeando a una niña la cual estaba intentando defender con todas sus fuerzas a un compañero suyo. La niña tenía el pelo marrón con una extraña mecha verde en el flequillo, unas pequeñas pecas que destacaban por su color marrón abundante y dos grandes ojos, uno de color verde y el otro color avellana. Llevaba un vestido color morado que le llegaba hasta las rodillas el cual dejaba ver unos rasguños y moretones producidos por la pelea que estaba teniendo lugar en ese momento.

Katzuo al verse en aquella situación no tuvo más remedio que actuar, ¿qué iba a hacer si no?¿dejar allí a aquella niña y a su amigo y que aquella injusta pelea continuara? No,katzuo era reservado pero no, cobarde. Sin pensárselo dos veces se dirigió hacia los matones:

-Dejadlos en paz, ¿qué problema tenéis con ellos?-dijo Katzuo.

-Oye, y a ti que más te da qué hacemos, ¡lárgate si no quieres que el próximo puñetazo vaya destinado a ti!-le contestó el más fuerte de los matones.

-Tus amenazas no sirven de nada, si quieres pelear pelea contra mí, pero a ellos déjalos, ¿acaso  te han hecho algo para que les estés dando tal paliza?-replicó Katzuo.

El matón se empezó a enfadar hasta llegar al punto en el que intentó pegar a katzuo, pero él lo esquivó rápidamente.

-Escucha, no quería llegar a este punto pero vete si no quieres vértelas conmigo-contestó Katzuo enfadado.

El matón al ver su cara de furia decidió irse junto a sus amigos.

-¡Vámonos, aquí ya no hay nada que ver!-dijo el matón retirándose.

Al día siguiente Katzuo se encontraba sentado junto a un árbol, muy cansado ya que no había podido dormir por la pelea del día anterior.

De repente una niña llegó y se sentó a su lado:

-¡Hola!-dijo la niña entusiasmada.

-Hola-le contestó Katzuo.

Al observarla bien rápidamente supo distinguir quien era, era la niña de la pelea, la chica de los ojos de diferente color.

-Solo quería darte las gracias por haberme ayudado a defenderme de esos matones, ¡no sé qué habría hecho si no hubieras llegado!-le dijo la niña con una enorme sonrisa.

-¿Por qué sonríes?-preguntó Katzuo.

-Porque soy feliz-le contestó la niña.

-¿Cómo puedes ser feliz después de todo lo que te ha pasado?

La niña soltó una pequeña carcajada y dijo:

-Porque ser feliz no depende de lo que pase si no de como logras enfrentarte a ello, la felicidad no es algo que se encuentra si no que se crea, tú también puedes ser feliz ¿sabes?-respondió la niña.

Katzuo soltó una rápida carcajada.

-¿Ves, a que no era tan difícil?-dijo sorprendida.

-Mi nombre es Katzuo-dijo dirigiéndose a la niña.

-¡Yo soy Aika, encantada!-le contestó Aika.

Así es como el joven Katzuo y la pequeña Aika se conocieron un caluroso día de verano, cuando el recreo no había hecho más que empezar.

 

Redacción de Aitana Morillo

Esta es la historia de Ana. Una chica de 10 años. Ella era de estatura media y bastante delgada. Tenía la cara alargada con ojos verdes como la hierba acabada de cortar y su pelo era como el oro. Era una persona inteligente, simpática y amable. Un día de sol decidió ir al bosque donde se ponía a leer. Al ir, entre los árboles se encontró dos pequeños animalitos haciendo algo extraordinario. ¡Estaban hablando! Pero eso no era lo más extraño lo raro era que no eran animales normales, sino que eran seres fantásticos, o eso creía ella. Al principio pensó que se estaba volviendo loca, pero al analizarlo mejor se dio cuenta de que era real. Discutían todo el rato como si nunca hubieran hablado pacíficamente. Era irritante, al final Ana dijo:

– ¡Queréis dejar de discutir!

De repente los dos personajes se escondieron con cara de miedo.

– Lo siento, no quería asustaros solo quería que dejárais de discutir. -dijo Ana – Me presentaré, soy Ana. ¿Qué y quiénes sois vosotros?

– En realidad no somos nada ni nadie, en realidad somos lo que queremos ser, o lo que quieren que seamos. – dijo el más alto y  flaco.

– Te lo traduzco sin tanto embrollo. Somos tu subconsciente. – mencionó el más gordito mientras comía frutos varios.

– ¡No me interrumpas! – grito el alto – Hemos quedado que siempre he de hablar yo delante de la gente normal, ya que soy el más listo, claro.

– De eso nada.

– Dejad de discutir. – dijo Ana – ¿Qué hacéis aquí?

– Venimos para que nos ayudes a solucionar nuestro problema. Acudimos a ti ya que somos tu subconsciente. -mencionó el alto.

– Interesante, pero ¿cómo os puedo ayudar yo? ¿y cuál es el problema?

-El problema es que nunca paramos de pelear ni podemos ponernos de acuerdo. Y el cómo lo has de hacer lo tienes que descubrir tú. Lo que sé es que solo tú nos puedes ayudar.

– ¡Muy bien, lo intentaré!

Y poco a poco con ayuda de Ana su subconsciente quedó tranquilo y las dos criaturas que no eran nada ni nadie no volvieron a pelear. Excepto cuando Ana les daba permiso.  

 

Redacción de Sara Mota

Había una vez, un bosque que estaba lleno de seres vivos, pero no eran seres vivos normales y corrientes, sino que eran tan raros que hablaban nuestro idioma entre ellos. En ese bosque siempre había un sol al cual le llamaban Youta, que significa sol en chino. Allí, nunca pero nunca llovía o hacía mal día, era un bosque con un sol creado por Youta infinito.En ese bosque, también, había un famoso árbol llamado Shù que significa árbol en chino. Shù, era tan conocido en ese bosque, porque era el árbol más grande que había allí. Era alto, lleno de hojas de color verde lima, con un tronco extremadamente grande, y siempre estaba feliz y sonriendo. Un día Youta, vio que Shù estaba apagado y le pareció muy raro, ya que este siempre estaba feliz y era la primera vez que lo veía tan mal y le preguntó:

-Shù, ¿qué te ocurre?

-Nada Youta, tranquilo.

-Sé que te ocurre algo porque te conozco de toda la vida y tú nunca estás así-le contestó Youta realmente convencido de que algo le ocurría- Venga, cuéntame, sabes que puedes confiar en mi.

-No sé qué me pasa últimamente que siento que no me entregas el suficiente sol para seguir viviendo, Youta, cada vez te apagas más y yo no soy el mismo- dijo Shù.

-Yo también siento que últimamente no estoy dando el suficiente sol para que vosotros seáis felices pero piensa, Shù, que mi felicidad también depende de que vosotros seáis felices y cada vez hay menos seres vivos en este bosque y yo tampoco soy el mismo.

-Yo no sabía que mi felicidad le importaba a alguien-aclaró Shù sorprendido-Y tampoco era consciente de que tú, aparte de iluminar los días, iluminas también la alegría de los demás.

-Igual si compartimos nuestra felicidad entre todos podremos volver a la normalidad y podremos mejorar la comunidad.

-Estoy de acuerdo contigo Youta, somos una familia y debemos apoyarnos los unos a los otros en cada momento de nuestras vidas.

 

 

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