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Sant Jordi 2017
Lobo Hispano
“El octavo pecado”
Esta es una historia de cuando todavía había grandes y prósperas capitales, encabezadas por grandes e impetuosos castillos de mil y una torres. La época del Reino de Hyland, el más próspero de todos. Pero no hay forma de que un gran imperio se forme de la nada, y este debe su existencia a los Serafínes. Un Serafín es un ser incorpóreo y mágico, más bien un espíritu benévolo, se podría decir que una especie de dios. El origen conocido de los Serafines se remonta a mucho antes del imperio, cuando las tierras de Hyland eran azotadas por hordas de Infernales, seres creados de la malicia humana de tanto o más poder que el de los Serafines y también mágicos e intangibles. Dada la gravedad de sus continuos ataques, la humanidad rezó al cielo con toda su fe, y, en contra de todas las posibilidades, recibió ayuda. Los Serafines, bajaron a rescatarlos al ver que ellos solo sentían bondad y temor, haciéndose así visibles a los humanos. Pasaron años de incontables guerras, pero al final la humanidad y los Serafines vencieron. A partir de ese momento, se creó un fuerte vínculo entre ellos. Y así pasaron cien largos y preciosos años de compartir culturas, conocimiento y poder.
Pero, si algo hace diferente al ser humano, es la avaricia. Al pasar el tiempo, los humanos empezaron a ansiar cada vez más aquel poder mágico que poseía su raza aliada. Los Serafines, mucho más sabios que los humanos, decidieron irse de vuelta a su ciudad natal, Las Ruinas Celestiales, dejando atrás todo el conocimiento compartido. Al seguir pasando los años, los habitantes de Hyland empezaron a corromperse por envidia, temor y violencia. Y por eso atraen y crean cada vez más Infernales. NO TE ACERQUES A ELLOS.
Al acabar el relato, cerré el libro, y me incorporé rápidamente para seguir a mi compañero de infancia Mikelo hasta la cabaña del abuelo, el líder de nuestra aldea; la aldea de las Ruinas Celestiales. Es algo que no puedo saciar, la curiosidad de las ruinas de todo el mundo y de su historia. Por eso todas las tardes abro el libro de las Crónicas Celestiales y lo leo. Es un libro muy especial que me entregó el abuelo hace dos años. En él se narra toda la historia de nuestro mundo. Aunque, sin dudarlo, mi parte favorita es el capítulo que narra la salvación de Hyland.
Soy Soray, un joven humano que vive en la aldea sagrada de los Serafines. Fui rescatado de un ataque de Infernales a una pequeña aldea de Hyland; por suerte, el abuelo al asomarse como de costumbre desde las Ruinas Celestiales me vio, y, no me ha dicho por qué concretamente, pero bajó a recogerme cuando yo tenía escasos meses de vida. Desde entonces me he criado con ellos, hasta tal punto de poder verlos y escucharlos sin ninguna dificultad, y por supuesto eso incluye poder ver y escuchar a los Infernales. Al cumplir los quince años superé con éxito la prueba de combate, así que me uní a la fuerza de seguridad de los Serafines. No pasaron muchos años hasta que me aburriera de estar únicamente en aquella pequeña aldea, ya que mi único entretenimiento era visitar y explorar las ruinas con Mikelo, sabiendo así cada vez más sobre el pasado de ambas razas, aunque estaba estrictamente prohibido por el abuelo. Por eso ahora me dirijo hacia su cabaña con Mikelo, para solicitarle que nos deje bajar al mundo, ese peligroso lugar. Mi motivo para bajar ahí es sencillo, quiero acabar con todos los Infernales, protegiendo así a la gente como yo, que no alberga malicia alguna. En las Crónicas Celestiales, hablan de un humano que, tras convivir con los Serafines, logra derrotar uno tras otro a todos los Infernales, ya que los puede ver y oír como nadie más. Este soy yo, conocido en los mitos y profecías como el “Pastor”. Y mi historia está a punto de empezar.
Al entrar en la cabaña me siento en silencio y me armo de valor:
– Abuelo, Mikelo y yo te queremos decir algo -digo con el tono más serio que puedo-.
– Lo sé, después de todos estos años, sólo falta que veas el mundo por ti mismo, así que ahora vete. No puedo ni quiero detener la bondad que te guía. Es todo lo que necesito oír. Partiremos al alba.
Cuando llego al “Mundo” de los humanos, pocas palabras puedo articular: MARAVILLOSO. Después de eso, cojo el camino a la aldea más cercana, y voy a inscribirme en el ejército. Pero de repente sucede algo; el ataque de un Infernal, no muy poderoso, pero invisible a los humanos. Lo venzo sin ningún esfuerzo con la ayuda de Mikelo, pero algo parece ir mal, la gente del pueblo se asusta. Soy diferente. Puedo ver a los Infernales y ellos no. Primero es un leve murmullo, pero cada vez más se hace un alboroto. Llega el ejército, yo no entiendo nada de lo que pasa, ni tampoco Mikelo, todo es rápido y breve. Primero me atan y me insultan. No hay juicio alguno. Me amordazan a un palo y noto cómo el calor asciende por mi ser. Estoy siendo quemado. Yo, el Pastor que debía salvar a la humanidad y volvería a unir el vínculo con los Serafines. Mikelo no puede hacer nadaz. Lo último que veo es que se ha hecho visible para detenerles, pero ellos lo capturan por cómplice.
Este es el octavo pecado capital. La bondad, ya que mientras haya gente mezquina, que siempre la habrá, lo bueno será malo, y lo malo será bueno. La avaricía llena tus bolsillos y la generosidad los vacía.

