Anna Rotger, “Carta no premeditada”

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1r premi

Prosa BAT

Sant Jordi 2017

Anna Rotger

“CARTA NO PREMEDITADA”

Hoy te escribo y no sé muy bien lo que pienso.

Supongo que me gustaría que supieras qué se siente. Que, por unos instantes, comprendieras cómo es vivir en mi mente. Sé que no lo harás, pero ya no podrás decir que no lo intenté. Ya no podrás decir que no te avisé. Y sí, ésta vez juro que no hablo de ti.

Silencio. Todo lo que escucho es el maldito atronador silencio. Retumba en mi mente y se pasea por mis venas, adueñándose de todas y cada una de las células de mi cuerpo. Vacío. Su fiel acompañante. Se apoderan de mis entrañas y apenas me dejan vivir. Me he acostumbrado a su compañía, y ya no hay vuelta atrás. Son parte de mí, y ya no sé cómo echarlos. Son mis dulces asesinos, los saqueadores de mi alma. Se la llevaron lejos, la escondieron y no sé por dónde debo empezar a buscar, no sé como rescatarla, y lo peor: no sé si debería intentarlo.
Pero aún así, avanzo. Analizo mi alrededor con una mirada atenta y veo todo aquello que los demás ignoran. Descubro secretos impronunciables y los añado a mi colección de todo eso que nunca se ha dicho. Recuerdo. Cada canción, cada palabra, cada melodía, cada mentira que ha sido alguna vez pronunciada. Labios sinceros, avergonzados, temblorosos y tristes. Ojos que gritan auxilio, que encierran deseos, que encierran terrores, que encierran verdades. Historias que no han sido nunca contadas. Que viven, siempre presentes en las mentes de los protagonistas, demasiado asustados como para compartirlas con la sociedad. Demasiado bonitas, demasiado terroríficas, demasiado sinceras para este mundo. Demasiado únicas, creen. Demasiado comunes, son.

Y veo almas. Almas que sufren, que huyen, que ceden y se pierden, que se desvanecen. Todo se desvanece, todo es efímero. Las palabras, los pensamientos, la vida. Nosotros, efímeros también. Creyendo que somos invencibles, convenciéndonos que vale la pena vivir, trucando nuestras propias mentes con mentiras calmantes para saciar nuestras dudas. Siguiendo esos esquemas que tanto detestamos, falsos profetas que venden destinos inexistentes. Sobreviviendo, sin a veces querer sobrevivir. Sin propósito. O con algún fin tristemente inalcanzable. Soñando la tierra prometida y con ella, la paz.
Paz, sí, paz. En el mundo, en nuestro mundo, en nuestro interior. Para callar el silencio. Para llenar el vacío. Para recuperar aquello irrecuperable. Para asfixiar los pensamientos infieles. Buscando un botón que nos apague el dolor. Un detonador que destruya las voces, el vacío y el silencio. Un detonador que se los lleve, lejos. Y que quizás, nos lleve con él.
¿Dónde? Lejos. Ahí, donde nadie nos encuentre. Ahí, donde el dolor no entre. Olvidar, desaparecer y olvidar. Olvidar lo vivido, lo sentido, lo aprendido, lo sufrido. Volver a empezar, y volver a huir. Huir de todo aquello que nos pesa, de todo aquello que nos encadena a ser lo que no somos. De todo aquello que nos han enseñado a ser. De la farsa, de las máscaras y los disfraces. De los guiones, de las indicaciones y acotaciones. De la obra en la que actuamos sin habernos prestado voluntarios.
Refugiarnos entre bastidores. Sin máscaras, sin disfraces. Sin guiones ni acotaciones. Siendo cuerpo y alma, tinta y papel. Abandonando lo conocido y lanzándonos a la improvisación. De cabeza, y sin flotador. Nadando a través de aguas oscuras bajo tempestades, encontrando nuestro lugar, nuestro método, nuestra forma de vida. Respirando bajo el agua y ahogándonos en la superficie.

Buscando algo o a alguien. Recurriendo a conceptos abstractos para encontrarnos a nosotros mismos. Aclamando querer el amor para que nos enseñen eso que no sabemos. Buscando en segundos todo aquello que nunca hemos encontrado en nosotros mismos. Enamorarnos de mentes, y no de posturas. Romper los esquemas y adentrarnos en el caos más real. Sin necesidad de explicaciones, de razonamientos. Buscar la realidad contenida detrás de las apariencias. Descifrando pensamientos, desnudando palabras. Querer y ser queridos. Querernos a nosotros mismos al final del camino. Reconocer nuestra luz y no avergonzarnos de ello. Usarla como el arma más letal de las de éste mundo y que sea nuestra, tan sólo nuestra.
Y sufrir en el proceso. Aguantar el dolor más agonizante, y encerrarlo en nuestro interior. Siendo nosotros mismos los causantes de éste, privándolo de libertad. Sacrificándonos para ahorrarles el horror a los demás. Pecadores de todo menos de egoístas. Muriendo por precaución. Buscando vías de escape que nos devuelven a la misma prisión de siempre. Sacándolo todo porque nunca es suficiente, gritando frente a un espejo al extraño. Sabiendo que ya hace tiempo que no podemos hacerle caso al reflejo. Ya no nos identificamos con esa silueta, farsante, con sonrisas vacías de valor. Adictos a lo que nos destruye para no admitir que en realidad, somos culpables. Culpables del dolor, de la farsa y del escondite. Culpables de atarnos y de querer huir.

Supongo que jamás conseguirás comprender qué se siente. Que te resultará un tanto compleja la caótica mirada que uso para vivir en este mundo, y no te culpo. Nunca he sabido hacerlo de otra forma, y por eso me disculpo.

Hoy te pienso y no sé muy bien lo que escribo.

Anna Rotger, 2n BAT

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