
1r premi
Prosa 2n cicle
Sant Jordi 2017
César Aparicio
“DE AQUELLO YA HACE UN MES”
Oigo, a lo lejos, niños que juegan a la pelota. Ríen y gritan, como si todo aquello que les rodea no tuviera la más mínima importancia. Inmunes a los peligros, puras medicinas contra la tristeza que, al parecer, mucha gente aquí padece. Pero visto lo visto, parecen los únicos que todavía conservan algo de brillo en su mirada. Me gustaría levantarme, verles reír y jugar con aquella bola – que seguramente es de papel- y pasarme allí las horas, como ellos, como si nada ni nadie importaran lo más mínimo, como si no existiera nada más que una bola de papel arrugada. Pero no puedo. Tengo que quedarme sentado en mi tienda, mi nueva casa, y cuidar de mi hermana. Apenas nueve años, y más adulta de lo que tendría que ser alguien en toda su vida.
Recuerdo ese día, no lo podría olvidar aunque quisiera, pero tampoco quiero. No fue un día bueno, más bien horrible, terrorífico.
El metal caía del cielo, como un pájaro que no quiere seguir viviendo, mas hacía que la gente que sí que quería vivir, no lo hiciera. Por suerte, no cayó cerca, y lo pudimos oír a tiempo. Mi padre nos miró, primero a mi hermana, después a mí, y después su mirada se perdió en el aire buscando a un tercer miembro. Mi hermano no estaba.
Él ya estudiaba, había empezado derecho. No era lo que llamamos un buen estudiante, pero se defendía. Lo aprobaba todo, y así les ahorraba un disgusto a mis padres, que bastante les costaba pagar un año de carrera. Muchas veces tenia que despachar la tienda de mi padre, pero aun así, siempre conseguía un hueco para ir a clase. Y ahora era uno de esos momentos.
Todos entendimos lo que se le había pasado por la cabeza a mi padre, y que en aquellos momentos su cerebro procesaba con verdadero interés. Antes de poder reaccionar, uno de esos pájaros de hierro impactó en el edificio de enfrente. Empujado por esa adrenalina, mi padre echó a correr escaleras abajo, y lo perdimos de vista.
Mi hermana gritaba y lloraba, y quiso ir detrás del hombre que acababa de bajar unas escaleras malditas. Mi madre, que salió de la cocina asustada, pregunto por él. No hubo respuesta. Y en medio de ese intercambio de silencios, otro estallido nos dejó realmente mudos. Mi madre, con los ojos llenos de lágrimas, cogió a mi hermana por el brazo, y se fue corriendo hacia la parte trasera de la casa. No hacía falta gastar saliva, todos sabíamos qué hacer. Era el primer simulacro que hacíamos, pero no era un simulacro, era real.
Cuando salí, pude ver el coche de mi padre alejándose rápidamente por aquellas calles que en pocas horas habían cambiado tanto. Nunca olvidaré esa imagen, porque no puedo, y porque no quiero.
Mi madre ya había bajado al piso de abajo. Un agujero hecho a palazos en el jardín por mi padre, mi hermano y yo, adecuado con lo mínimo para sobrevivir, y atestado de comida, suficiente para una semana.
Paralizado por todas aquellas ruinas, noté que alguien me cogía el brazo. No sé quien fue. Perdí el conocimiento al instante.
Cuando me desperté (todavía en ese falso sótano), la trampilla de entrada y salida estaba completamente abierta, de par en par, y una capa de polvo lo cubría toda. Me entraba en los ojos, y me escocía, pero no quería cerrarlos, no quería perderme detalle de nada. No sabia si estaba vivo o muerto.
Un llanto desconsolado me devolvió a la realidad. Era mi hermana. Me levanté del suelo y salí de aquel cuartel improvisado. Pero lo que vi afuera hubiera preferido no verlo.
Mi madre, tumbada boca abajo en el suelo de tierra. Mi hermana, de pie a su lado, llorando. Lo primero que pensé es que había muerto, y que tendría que ser el adulto a partir de ahora. Pero movió un brazo, y luego otro. Hizo el gesto de levantarse pero volvió a caerse, y una manta de polvo lo volvió a envolver todo. Cuando me acerqué, vi que tenia un corte que le cubría toda la espalda, un corte feo, que tampoco se me va a olvidar nunca, pese a que lo intente.
Le dije a mi hermana que no se moviera, y aunque ya sabía que no lo haría y que en aquel momento no me escuchaba lo más mínimo, se lo repetí tres veces más.
Salí corriendo hacia lo que antes era una carretera. Ahora, ruinas y más ruinas que se amontonaban unas encima de la otras. Cuerpos de vecinos, de amigos, y gente que lloraba a su lado. Algún superviviente al derrumbamiento que salía auxiliado por sus amigos. Otros que pedían ayuda agonizando en el suelo. Sin piernas, sin brazos… No podía pararme. Tenia un objetivo.
Seguí la calle y giré a la derecha en la segunda esquina. Aceleré el paso para librarme cuanto antes de los cuerpos mutilados y los lloros inútiles. Pero aquello era todavía más inútil, porque los cuerpos seguían apareciendo a cada paso, y los llantos no cesaban.
Por suerte, la casa del médico no estaba muy lejos. Sabia que nos iba a ayudar, porque él y mi madre eran amigos de pequeños y habían mantenido el contacto. Y aunque no estaba muy seguro de ello, creía poder convencerlo.
Cuando llegué, lo encontré atendiendo a una señora en el suelo, tenia un corte superficial en el brazo derecho, nada grave que no se pudiera curar con reposo, así que rápidamente le conté lo sucedido.
Corrimos los dos otra vez hacia mi casa, él, más nervioso que yo. Cuando vio a mi madre la ayudó a incorporarse, la sentó en las ruinas de su antigua casa, y empezó a untarle alguna crema que tenia en el botiquín. Cuando acabó, me dijo que estaba muy débil, y que no sabia si podría seguir.
Más tarde, entre el médico y yo la llevamos a su consulta improvisada, más parecida a un hospital de campaña que a su antigua consulta. La tumbó en la camilla, y le aplicó otro medicamento diferente, le dio una pastilla para el dolor, y se preparó para intervenir la herida. Antes, nos pidió que saliéramos, y que ayudáramos a los heridos. Nos dijo que la iba a operar.
Dos horas más tarde salió, con unos guantes, que a pesar de que antes de la operación eran blancos, ya no lo eran. Pese aquella primera imagen, nos tranquilizó desde la primera frase, nos dijo que mi madre tenia que descansar, y que a partir de ahora tendría que trasladarse en silla de ruedas, a causa de la profundidad de la herida. Luego, me cogió del brazo, más fuerte de lo que me imaginaba, y me apartó de mi hermana. Me extendió un sobre blanco, y me dijo que nos fuéramos lo antes posible. Cuando abrí aquel sobre encontré billetes y billetes. Me quedé pálido, sin habla. Se lo devolví enseguida pero lo rechazó, me dijo que nos hacia más falta. Asentí con la cabeza, atónito, no-tenia palabras. Lo abracé y lloré. Demasiado miedo, demasiada rabia, demasiada frustración.
Dos días más tarde, con el dinero en la mano y empujando la silla con la otra, los tres nos presentamos en la playa, al lado del muelle. Nos sorprendió a los tres ver a tanta gente. En el mar, dos barcas con un pequeño motor. En la arena, una multitud incontable de personas, todas con billetes en la mano.
Diez hombres de negro nos separaban de las barcas, pero poco a poco fueron dejando paso a todo aquel con suficiente dinero. Por suerte, pasamos, y nos sentamos en el suelo de la embarcación. No podíamos creer que tanta gente subiera en esa barca. Cuando la nuestra estuvo llena, pude ver, con cierta dificultad, cómo se llenaba la otra. Poco a poco, exactamente igual que la nuestra, con calma y orden.
Uno de los hombres de negro encendió el motor, y pude oír cómo le explicaba, en pequeños y cortos pasos, cómo manejar la dirección y la rapidez. En mi opinión, una clase demasiado corta para todas las vidas que manejaba.
Nos pusimos en marcha. Las primeras gotas de agua empezaron a salpicarme los pantalones. A lo lejos, la otra barca también partía y juntas teníamos que recorrer varios kilómetros, pese a que esas embarcaciones flotantes no parecían lo bastante seguras.
Cuando más miedo pasé fue cuando dejamos de ver tierra. A medida que nos alejábamos de la arena, iba contando los metros que hacíamos, o al menos lo intentaba; pero cuando dejamos de ver tierra, no tenia punto de orientación. Estaba solo entre aquella multitud. Solo en el agua. Solo en el mundo. Me puse muy nervioso. Por suerte, mi madre estaba allí, y solamente con su mirada entendí que, si yo aflojaba, mi hermana caía después. Solo hizo falta una mirada para eliminar todo el miedo, todo el estrés.
Pero ese no fue el único momento en el que pasé realmente miedo.
Alguien gritó que veía tierra. Inmediatamente, todos los pasajeros de las dos barcas nos giramos para poder verla. Se veía. Volvía a ver tierra, y una paz interior me inundó de nuevo. En la otra embarcación los gritos de alegría se percibían a kilómetros. Y entre tanto alboroto alguien cayó al agua. Detrás de él fueron dos más. Y detrás de estos cuatro. Hasta que la embarcación volcó. Dos hombres de nuestra barca saltaron para socorrer a su familia. Gente que no sabía nadar se estaba ahogando en el agua. Gente que sí sabía nadar también se ahogaba, y los salvavidas no se abrían, no funcionaban. Delante mío, estaba viendo cómo decenas y decenas de personas morían. Se ahogaban en mis narices y no podía hacer nada.
Mi madre me cogió la mano, advirtiéndome del peligro que comporta caer al agua. Yo, a su vez cogí a mi hermana, protegiéndola del mar.
Nuestra barca avanzaba. Lo hacía sola. Eran pocos los que todavía miraban hacia atrás. Ya no podíamos hacer nada. Si había algún superviviente, no aguantaría mucho más. Y aquello no era humano, pero era lo más real que os podéis imaginar.
Cuanto más nos acercábamos a la costa, más viento hacia. Y con el viento venia el frío.
El viento era cada vez más feroz, y golpeaba la barca con verdadera violencia. Todos rezábamos por llegar cuanto antes a aquella costa tan deseada en aquellos momentos. A pocos metros, dos barcos se acercaron. Eran grandes, pesados, fríos… Se veían desde lejos. Pero cuando estuvieron a pocos metros de nosotros, se pararon. No sabíamos qué hacer, cómo reaccionar. Hubo gente que se tiró al agua esperando ser socorridos. No fue así.
Nuestra barca seguía avanzando, incansablemente, pero cada vez más pesada. Pasamos entre los dos barcos, pero en ese momento, una ráfaga de aire tumbó la barca. Caímos todos. No quería perder de vista a mi madre. Pero tampoco podía perder de vista a mi hermana. No vi caer a ninguna. Pero sabia que habían caído. Cuando llegué a la superficie, pude ver que desde los barcos nos lanzaban salvavidas. Antes de coger uno, volví la mirada en busca de mi madre o de mi hermana. Conseguí verlas. Ambas estaban cogidas a un flotador. Me tranquilicé. Pude coger uno y subir a uno de los barcos. Las esperé y cuando consiguieron subir, las abracé con todas mis fuerzas. Pedí una silla para mi madre, y cuando me la dieron, entramos los tres dentro del barco.
Cuando llegamos a tierra, nos hicieron pasar un control. Todos pensábamos que nos dejarían irnos, y que podríamos ir hacia donde quisiéramos, que ya éramos libres. No fue así. Nos hicieron pasar hacia un recinto muy grande, con casas. Algunas eran de metal, pequeñas; otras, como en la que vivimos nosotros, son solo tiendas de campaña, algo grandes, pero solo tiendas.
El primer día pensaba que era pasajero, que en pocos días, incluso horas, saldríamos de aquí. Pensaba en lo que haríamos después. Se lo contaba a mi madre, que seguía sin luz en los ojos, apagada. Me hacia ilusiones. Pero nada fue así.
Oigo, a lo lejos, niños que juegan a la pelota. Ríen y gritan, como si todo aquello que les rodea no tuviera la más mínima importancia. Inmunes a los peligros, puras medicinas contra la tristeza que, al parecer, mucha gente aquí padece. Pero visto lo visto, parecen los únicos que todavía conservan algo de brillo en su mirada. Me gustaría levantarme, verles reír y jugar con aquella bola, y pasarme allí las horas, como ellos, como si nada ni nadie importaran lo más mínimo, como si no existiera nada más que una bola de papel arrugada. Pero no puedo.
Tengo que quedarme sentado en mi tienda, mi nueva casa, y cuidar de mi hermana, que duerme. No sé cuánto tiempo hace que no duermo dos horas seguidas. No sé cuánto más voy a estar así. No sé muchas cosas, y no entiendo muchas otras. No entiendo, por ejemplo, por qué nos hacen esperar aquí, si lo malo ya ha pasado.

