
LA GRADUACIÓN DE DANIEL AGÜERO
Dan está en un centro comercial, en la planta baja. Debajo, se extiende una red de túneles y cavernas muy profundas. Antes, eso había estado lleno de monstruos, los “Engendros” que iban subiendo capa a capa hasta irrumpir en el mundo exterior. Hasta que llegó la Brigada: jóvenes con desmesuradas capacidades físicas y mentales, además de poderes psíquicos. Se trata de una anomalía, y en cada generación se encontraban unos mil. Los Premonición, distinguidos por la chapa azul, los Telepatía, naranjas, y los Telequinesia, verdes. Se entrenan en el Centro especial, y para su graduación, deben de superar una prueba, en la cual los sueltan en los túneles, bajo un estadio o centro comercial, donde hay un Engendro por cada uno de los reclutas. Se puede llevar a un familiar por aspirante, que debe permanecer arriba. Llevan un pinganillo conectado a su hijo o hija, donde pueden escuchar, pero no responder. El recluta se gradúa en la Brigada en cuanto mata al Engendro y lo encierra. En teoría es secreto, pero los rumores se esparcen y suelen venir
curiosos, aunque no se vea nunca nada. Todo ocurre bajo tierra, y los graduados salen exitosos (a veces con alguna herida leve) y los Engendros muertos. Dan mira el móvil. Según los rumores, la graduación está teniendo lugar en ese mismo momento. Así lo confirma el exceso de gente a su alrededor. De repente, un hombre muy viejo esboza una sonrisa húmeda y amarilla. “Mi hijo se lo está pasando bien” profiere la grieta que tiene por boca. “¡Cómo grita de júbilo!” Dan desea tener un pinganillo como ellos. También él tiene derecho a saber lo que pasa. Disimuladamente, apoya la oreja en el suelo. Al principio no oye nada, pero en cuanto aguza el oído, cientos de chillidos le resuenan en el cerebro. Miles de voces, todas superpuestas, desgañitándose a la vez. No distingue palabras, salvo una voz que brama “¡Ahora, ahora!” Se levanta con un extraño vacío en el estómago. Algo no va bien. Oye una interjección exultante y acuosa de una mujer de mediana edad cerca de él. Lleva una camiseta que dice “I ❤ MY TELEPATHIC SON”. La vergüenza ajena casi dobla la cabeza de Dan hacia otro lado, pero entonces la madre exclama “¡LO HA CONSEGUIDO!
ESTÁ DENT-” y de repente, para horror de Dan, su sonrisa se resquebraja de golpe. En su rostro aparece una expresión de horror tan profundo que parece inexpresivo, casi catatónico. Un hilo de saliva une los dientes superiores con los inferiores. “Se lo han cargado”, piensa Dan, consternado.
No sabe decir si está en shock o realmente es tan cretino que le da igual, pero no siente pena, solo miedo. Un recluta menos es un Engendro suelto. Un Engendro suelto puede traer muchos problemas. “La voz decía “Para, para”, no “ahora”, se dice, y se asusta aún más. Cinco minutos más tarde, oye algo en un pasillo cercano. Un alarido triunfante, sin palabras, que pasados no más de tres segundos se quiebra en lo que parece una risa. Solo que no es una risa, sino un sollozo de incredulidad. Dan no lo ve, pero oye una serie de lamentos histéricos y pegajosos. Escucha un “OLÉ” muy cerca, seguido por una aspiración de incredulidad. Gritos parecidos empiezan a sonar a su alrededor, cortándose, superponiéndose, juntándose, creando un macabro coro de pánico. Él también entra en pánico. De alguna manera, los Engendros han creado una trampa, escapando de manera solapada. Mil Engendros escapando de golpe darían la alarma a los supervisores, pero no si lo hacían de manera individual. Y ahora están sueltos y demasiado cerca. Mientras la cacofonía sube de volumen a su alrededor, nota un temblor debajo de él y sabe que va a morir…
Lo despertó su madre. Alarmado, vio que eran las ocho y media, y su graduación en la Brigada empezaba a las nueve. Se despejó. No era un simple paleto, como en la pesadilla. ¡Era un recluta! Se empezó a vestir, excitado. Llevaba esperando ese momento desde hacía años.
Salió apresuradamente de la casa, preparado para llegar a su nuevo futuro. Su chapa azul, prendida del uniforme, brillaba.


