María Moliner nació en marzo de 1900, en Paniza, localidad de Zaragoza, donde su padre era médico A los cuatro años se trasladó con su familia a Madrid y allí estudió en la Institución Libre de Enseñanza, en cuyo seno tuvo posteriormente una participación activa durante la República en las misiones pedagógicas, en Valencia, y en la organización y dirección de la Junta de Adquisición de Libros y Cambio Internacional, ya en plena guerra civil.Curiosamente, la autora del Diccionario de uso no es filóloga de título. Licenciada en Historia por la Universidad de Zaragoza, en 1921, ganó al año siguiente una oposición al cuerpo facultativo de archiveros, bibliotecarios y arqueólogos y trabajo desde entonces como bibliotecaria en los archivos de Simancas y Murcia, en la biblioteca del Ministerio de Hacienda de Valencia y en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid adonde se trasladó en 1946 y residió hasta su muerte.
“El diccionario es mi único mérito”
«A mi marido y a nuestros hijos les dedico esta obra terminada en restitución de la atención que por ella les he robado», escribió María Moliner al culminar su obra única y cumbre, en un conmovedor gesto revelador de su dimensión humana tras la compleja construcción científica de su trabajo.
«Durante los quince años que dedicó a la elaboración del diccionario trabajaba en él unas diez horas diarias. A las cinco de la mañana ya la oíamos teclear su máquina», recuerda uno de sus hijos. «De hecho, trabajó en el diccionario hasta el último momento, cuando se lo impidió la arterioesclerosis que padecía desde hace cinco años».
A raíz de la aparición del Diccionario que editó la Biblioteca Románica Hispánica de Gredos, que dirige Dámaso Alonso, por primera vez en el año 1966, el nombre de María Moliner adquirió por primera vez cierta notoriedad. En 1972, a iniciativa de Carmen Conde y otras escritoras apoyadas por Rafael Lapesa, se propuso su ingreso en la Real Academia Española de la Lengua. Pero su candidatura chocó con la tradicional actitud antifemenina de la institución, y cuando, más tarde, ésta cedió para admitir a la propia Carmen Conde, María Moliner ya bastante enferma, no se encontraba en condiciones de responder a este tardío reconocimiento.

