Había una vez un oso, un oso amoroso llamado Pocho que abrazaba a todo el mundo: abrazaba a los lobos, abrazaba a los castores y abrazaba a los ornitorrincos. Un día quiso abrazar un pato, que le dijo:
-¡No voy a abrazar a un oso obeso!
El pobre oso replicó:
-Pero los castores no han tenido problema.
-Yo no tengo una cola como aplastada por un camión como la suya.
-Los lobos tampoco.
-Yo no soy carnívoro ni tan bestia como ellos.
-Los ornitorrincos estaban encantados con mis abrazos.
-Mira, osito, te lo voy a decir suavemente… ¡no te querrían ni los troncos!
El oso Pocho se fue hasta el medio del bosque, donde nunca había estado, y encontró un cómodo tronco caído. Pocho se acomodó sobre él y decidió quedarse a vivir allí.
Llegó el invierno y el frío, pero el oso, que había llenado el tronco de deliciosas bayas para esa época, no tenía la necesidad de hibernar.
Entonces oyó un ruido y el cielo se llenó de patos que emigraban hacia el sur. Entonces Pocho localizó el pato que el verano antes se había negado a abrazarlo y entonces le gritó:
-¡Ves como los troncos sí me quieren!

