El Evangelio según Islero
Prólogo del autor:
Este relato corto es el primero que hago en mis 65 años de vida terrenal. Tiene su origen en la clase de informática de CFA Pau Casals. Única Institución con programas formativos individualizados y orientativos para la reinserción del preso.
La práctica del ejercicio informático consistía en buscar en la red una página con un tema determinado y exponerlo en formato Word.
Elegí la polémica sobre las corridas de toros. Esta controversia me había tocado la moral hace tiempo, la friolera de 50 años. Me vino a la memoria un examen en la asignatura de Religión donde había que desarrollar el tema: “La Moral es lo que importa”. Yo escribí que el bien o el mal se confundían con frecuencia dependiendo del dios que nos había sido otorgado a los humanos por el Destino. El profesor, sacerdote, me evaluó el trabajo con un cero, cero de hereje sin derecho a reinserción.
Pues bien, este relato me sirve de protesta a mi excomunión atendiendo a la frase del pensador Séneca: “Poderoso es aquel que sabe protestar”. ¿Que por qué he esperado tanto a mostrar mi protesta, 50 años? La respuesta está también en Séneca: “Si el estado se halla tan corrompido que no hay posibilidad de remediarlo, el sabio evitará esfuerzos inútiles”.
Mi firme agradecimiento a todo el equipo de profesores de CFA Pau Casals por su tutela en mi reinserción social y en mi continua formación como persona. Y por darme la oportunidad de que este “relato protesta” se publique en su web.
EL EVANGELIO SEGÚN ISLERO by Josep Cardona i Serrat
En Lora del Río (Sevilla) pastaba una vaca de vientre llamada Canaria, hermosa en su raza y brava de carácter.
En Otoño de 1941 Canaria fue fecundada por Murciélago, toro cuyo cuerpo varonil era el más vigoroso que un dios creara jamás tan robusto y noble que Dios intervino para que fuese indultado en la Plaza de toros de Los Tejares (Córdoba).
A los nueve y medio meses del ayuntamiento carnal, Canaria parió un hijo varón. En el suelo, el recién nacido parecía hecho sólo de piernas. La madre intentaba ayudarle a alzarse dándole empellones en el hocico, pero, el pobre, aturdido, apenas sabía hacer movimientos bruscos con la cabeza como si buscase el mejor ángulo de visión para entender el mundo donde había caído.
No tuvo que pasar mucho tiempo para que el vástago de Canaria diese muestras de sus aptitudes intelectuales y físicas; pues ya era capaz de unir un efecto con su causa.
Un día en que el cielo azul estaba libre de oscuras nubes, Canaria decidió que era el momento propicio para mugir a su retoño de asuntos importantes de la vida. Consiguió encontrar un lugar retirado de otras madres, a la sombra de un olivo. Canaria bramó con señal de llamada. El obediente ternero no tardó en acudir al lado de su benefactora.
Canaria, despacio, remarcando bien las palabras, muge:
—Hijo, no intentes comprender antes de tiempo. A partir de ahora ocurrirán cosas terribles en tu vida y con tu vida y no podré estar a tu lado. En las horas de dolor que te esperan no me pidas alivio ni consuelo porque el dolor debas beberlo como un remedio amargo que te fortalecerá. Si vieras lo que te espera al final del camino, ni el dolor te dolería.
—Entonces, mama, ¿qué futuro me espera?— pregunta el ternero.
—Convertirte en toro de lidia como cualquier otro. Ahora tienes que recorrer un sendero espinoso paso a paso, sin ver más que las piedras y los matojos que hay ante tus pies.
Se produce un silencio, la madre deja que sus palabras se asientes durante un instante. Siente pitidos en los oídos y empieza a sentir vértigo. Se apoya en el tronco del olivo. Brama un triste suspiro. Coge fuerzas de flaqueza. Mira fijamente a los ojos de su hijo. Entonces, con angustia de una madre que lleva a su hijo al altar de sacrificio, muge:
—¡Ojalá! Pudieses morir como mueren los rumiantes libres. Lo tuyo será más penoso, pero tiene que cumplirse. Al final de tu camino lucharás por tu vida contra alguien que ya no es humano, más bien un ente sediento de sangre, que vive una vida ficticia y que acaba transmitiendo su mal a otros.
El ternero, perspicaz, muge para preguntar:
—Mama, nosotros, los rumiantes, ¿tenemos un dios que nos proteja?
—¡Claro que sí, hijo mío! Todas las criaturas hemos sido creadas por el mismo Dios, lo que sucede es que Éste nos quita la vida que nos da cómo única solución para que el mundo no se detenga, de forma que, al mismo tiempo que guía la maco de la espada asesina ofrece el cuello que va a ser degollado.
A los pocos días de este diálogo materno-filial, un grupo de terneros, incluido el hijo de Canaria, fueron arrancados de la cálida seguridad de sus madres.
Durante dos días enteros, los desamparados terneros gimieron llamando a sus madres. Todos se habían hundido en una espesa niebla de desconcierto. No eran conscientes de lo injusta que puede llegar a ser la vida hasta que uno no se encuentra en una situación en la que no puede cambiar nada.
Sus pensamientos giraban descontroladamente en círculo durante horas y no habían conseguido hallar la salida de ese terrible carrusel. –Estoy solo, ¿qué será de mí?-, se preguntaba cada uno de ellos.
Tenían miedo. El miedo brota de la importancia que se siente al sufrir una injusticia. En esos días, los terneros estaban juntos, pegados uno al otro, paralizados de horror, de incomprensión, de miedo. Sus corazones latían como máquinas de vapor. Cada vez más deprisa, cada vez más fuerte, se les hacía difícil respirar.
Al tercer día de la separación maternal, el grupo de terneros fue bautizado y marcado como criaturas de Dios, a sangre y fuego, para que nunca olvidasen quienes eran ellos y quién era el dueño de sus destinos. Al hijo de Canaria le bautizaron con el nombre de Islero (en consonancia con el nombre de su madre). Y marcado con el símbolo A y el número 21.
Con el paso del tiempo, Islero iba creciendo. El ternero se convirtió en becerro y después en novillo. Pastaba y mugía su adolescencia sin pena ni gloria. Ya había enterrado definitivamente la esperanza de volver al lado de su madre. Ahora estaba con sus compañeros de infortunio; ellos eran su único consuelo de la culpa de haber nacido toro en un lugar y en un tiempo de confusión y oscuridad, pues no era otro su pecad original.
No hacía mucho que Islero había cumplido su quinto año, cuando le prepararon una cunda fantasma (1). Fue retenido contra su voluntad y metido en un cajón de madera. Este acontecimiento volvió a superar su capacidad de comprensión. No sabía de qué el “ataúd” había sido subido a un camión para llevarlo a Jaén. Dentro del cajón se tambaleaba como si estuviese ebrio. Se sentía devorado por una especie de fiebre. A su alrededor todos los sonidos parecían desfigurados, como aplastados por alguna fuerza. Inmerso en esa atmósfera de confusión esperaba que ocurriera algo. Un pensamiento martilleaba su cabeza –nunca volveré a la manada -. Entre aquellas oscuras paredes, un sentimiento de ausencia, de falta, de soledad, era tan fuerte que su corazón gemía. Allí estaba él, solo en su cautividad. Ahora brama fuerte, quiere, que en ese sin sentido, escuchar su primer grito para expresar su dolor e indignación, -¿por qué hay tan abominables seres?-, se preguntaba mientras una especie de temor le iban sofocando y desgarrando por la falta de respuesta.
Islero llegó a la Plaza de toros de Linares de madrugada, todavía de noche. Lo desencajonaron en un pequeño corral rodeado de altos y gruesos muros de cemento. Se sintió abandonado en una tierra seca y muerta. Aza la vista y halla cierto consuelo. Ve unas luces que asan volando como una pequeña estrella haciendo caso omiso de lo que sucede abajo. Las luces desaparecen tras el alto muro. Entonces, ve una cara brillante, sin cuello ni torso, suspendida en el cielo, la Luna. ¡Ah!, cuántas veces, Ella, había acudido a socorrerle esas noches que sentía ahogarse, las noches de lluvia que deformaban la realidad y distorsionaban el tiempo. De noche se puede apreciar las maravillas que hay en el cielo y lo que quieren decirnos. Los rumiantes y otras criaturas pueden leer los astros y lo que noche a noche se escribe. De ellos, los astros, se sabe que hay muchas maneras de vivir. Hay muchas maneras de morir. Pero eso no tiene ninguna importancia. Al final sólo queda el desierto galáxico. La Luna había ayudado a Islero a desvelar misterios y a revelar lo que está oculto. Cuántas veces le había ayudado a perder la conciencia de lo que le rodeaba y le transportaba a mundos que nada tenían que ver con su encierro. ¡Ah, qué sería la vida sin las locas historias que inventamos inspiradas por la Luna! Islero se imaginaba que existían otros dioses que habitaban otros cielos y que él podía ir a visitarlos cuando quisiese.
Pero los momentos dichosos no suelen durar, ya lo sentenció el Dios de Abraham inmediatamente después del episodio de Adán y Eva y la fruta de cierto árbol- “os espera una vida de sufrimiento”-. Islero deja de mirar el cielo. Baja su hocico. Observa a su alrededor. La realidad le provoca un súbito escalofrío. Siente un vacío en el estómago, se hunde, parece que al caminar arrastra el corazón. Piensa que será la última vez que pueda leer a los astros, ya no podrá imaginar ni mugir a sus propios pensamientos. Se entristece de tal forma que se echa a llorar como un niño abandonado. Indefinible sensación de terror como si su alma estuviese en peligro. Cansado, se desploma sobre la tierra y se queda dormido.
Una vez en sueños, se le aparece una masa de materia cósmica celeste, difusa y luminosa. De esa especie de nube, una voz, mezcla de dulzura y pena, dice:
—Soy tu creador, tu Padre celestial. Dentro de pocas horas vas a luchar contra unos seres que convierten su frustración varonil en un deseo irresistible de apoderarse de los hijos de otros, y su peculiar amor por ellos se manifiesta de forma depravada, los desangran y los devoran.
—¿Y qué vas a hacer a favor de mi causa?— pregunta Islero.
—¡Nada!, lo mismo que hice cuando envié a mi hijo a la Tierra para que sembrase el Amor entre mis criaturas y me lo ajusticiaron en público.
—¿Cómo es posible que un divino Creador permita que sus criaturas sean maltratadas, asesinadas y comidas?— pregunta el rumiante.
Lo normal es que las criaturas no hagamos esas preguntas a Dios, bien porque no estamos para oír la respuesta, o, simplemente, por tener miedo de ella…,pero nuestro protagonista es así de atrevido y, además, está cabreado. Este diálogo, Creador-criatura, ocurre como si los dos, cada uno en su lugar, lo estuvieran soñando al mismo tiempo.
—Hace miles de años anuncié que “todas mis criaturas terrícolas sufrirían en vida”. Yo no puedo querer ahora lo que antes quise. Tampoco puedo perdonar los pecados que yo inventé y mandé cometer. Si lo hiciese, mis criaturas dejarían de temerme y negarían mi existencia y poder-, esto fue expresado por el divino en un tono profundo que más parecía venir de la propia divina conciencia que de la voz que sirve a las palabras.
—¡Desgraciados de nosotros! ¡Pobres criaturas inocentes!
—¡Así es!, y no tendréis remedio. Pero también dije que en la muerte os recompensaría con la vida eterna-
—Si no he entendido mal, tú haces que la vida sea una sentencia y la muerte una justica y no puedes cambiar esto. No puedo ver en ti nada más que a un único carcelero de una prisión donde el único preso eres tú mismo-
—Alabo tu perspicacia. Tu clarividencia es buena-
—Pero esta conversación es una pesadilla, no quiero seguir soñando-
—¡Ignorante! No puedes elegir los sueños que tienes. Son los sueños los que eligen a los durmientes-
—Pero… ¡me van a matar!, ¿lo entiendes?-
—No tienes más remedio que luchar contra tu Destino, contra la misma Naturaleza. Supéralos y toma la vida como un combate en el que es vergonzoso ser derrotado, que, aun sí caes, lucha de rodillas manteniendo la cabeza erguida, no dejes que la forma de morir te avergüence.
En la madrugada del 28 de agosto de 1947, Islero ya despierto, sabía que su hora había llegado, lo que se avecinaba, fuera lo que fuese, sería real, doloroso y espléndido, como el nacimiento y la muerte, como el amor. Aunque cueste creerlo, la certeza de la muerte próxima le calmó. Ya no se preguntaba la razón de aquellos juegos absurdos del Destino. Pensaba que si el Poderoso estaba tan corrompido y que no había posibilidad de remediarlo, era de sabios evitar esfuerzos inútiles.
Plaza de toros de Linares (Jaén). Son las 17:30 horas. Se abre una portezuela en el muro que encierra al toro. Islero se asoma, le clavan en lo alto del cuello un estilete con cintas de colores (divisa del ganadero). Suenan clarines, se abre la puerta de toriles. El hijo de Canaria sale a la palestra con determinación. El sol ilumina la arena pero también ciega sus ojos. Da un bramido por la libertad y la justicia que ensordecen el universo. Mira a su alrededor. Hay humanos y sombras moviéndose en todas direcciones. Huyen cuando se acerca a ellos, parece que le temen.
Es lanceado por nueve veces (picadores) y apuñalado en seis ocasiones (banderillas). De su lomo mana sangre a borbotones. Vuelven a sonar los clarines. Lo hacen correr de nuevo doquiera. Se escucha música de marcha, pasodobles.
Por fin se detiene el provocador trapo rojo. Islero se para también, baja la cabeza y cierra los ojos. Su corazón palpita más allá de sus límites. Se siente debilitado, todo su cuerpo parece pedir clemencia, que le dejen entregado a su angustia.
Apenas tuvo ocasión de ver a su contrincante, cuando un afilado acero se hunde en su pescuezo, siente que un dolor agudísimo traspasa su corazón. Sus más de 500 Kg. se convulsionan, bambolean como un monigote de palo. Su pecho se llena de sangre. De su boca abierta salen espuma y estertores. Sabor a sangre. Sin resuello, dobla sus rdillas en la arena. Piensa en su vida pero no hay vida en la que pensar. Se le habían agotado las energías. No quería seguir luchando. Todavía puede alzar la cabeza y observar a su oponente con el cuerpo encorvado hacia atrás exhibiendo el escroto que se extiende hasta la mitad del muslo; es una postura grotesca, humillante.
De pronto, Islero, siente como si de algún lugar misterioso le inyectasen una extraña energía. Era como si se estuviese convirtiendo en un nuevo yo, cómo si la Naturaleza armonizará todas sus fuerzas en él para darle una muerte tranquila y memorable.
Renovado el ánimo, se levanta y, con arrojo, se lanza hacía su rival. Le introduce todo el cuerno en el triángulo de Scarpa (muslo) hasta despachurrarlo. Y al sacarlo, en la punta del asta va clavado un testículo, que parecía un huevo, y parte del otro. Despojos musculares, femur y arterias son esparcidos a la arena. El matador de toros es herido de muerte (morería en la madrugada siguiente) (2).
Islero vuelve a caer, pero ahora, sobre el cenagoso charco de sangre de su oponente.
El toro de lidia, negro entrepelado, con el número 21 ha muerto. El hijo de Canaria y de Murciélago ahora es un astro de la Constelación de Taurus, pero no sufre por ello, del mismo modo que no sufría antes de nacer.
(1) Cunda fantasma: ocurre cuando a un preso, sin previo aviso, se le traslada de prisión. Casi siempre es como forma de castigo o para ocultar pruebas de presuntos delitos de la Institución penitenciaria.
(2) Islero hirió de muerte a Manuel Rodríguez “Manolete” el 28 de agosto de 1947.


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