En el marc del centre d’interès “Un viatge no triat”, en què vam treballar el mòdul de Moviments migratoris, analitzant-ne els tipus, les causes i altres aspectes relacionats amb les experiències properes dels nostres alumnes, us volem compartir el relat d’un dels nostres alumnes, S.C.V.
Esperem que en gaudiu!
“Aun siendo un ser humano se sentía inerte cual piedra normal y corriente, la única diferencia era que su vida sería llevada por otra diferente corriente, un elemento algo impredecible…
El agua era el nuevo guía de su vida, mejor dicho, de su nueva vida en un país diferente, era el sueño más ambicioso por lo que arriesgaría incluso su vida, para conseguir aquello que tanto anhelaba: una nueva vida con oportunidades de futuro…
Nació en la humilde barraca que fabricaron sus padres, compuesta de adobe, es decir barro y heces de vaca.
Los padres le pusieron de nombre Abidu. El 2 de agosto de 1990 nació en Ghana, una tierra del continente africano. Al año siguiente nacieron sus hermanas Dania y Dunia, las dos gemelas. El padre de Abidu, Abdul, era pescador, y cuando podía fabricaba alguna pequeña embarcación para vender. La madre de Abidu, Fátima, trabajó en la confección y reparación de las redes de pesca.
Después de parir a las gemelas, enfermó repentinamente. Ningún médico en la zona pudo salvar su vida, falleció después de tres días luchando por sobrevivir. Abdul tuvo que dejar a sus hijas a los vecinos que, por suerte de su mala suerte, había dos mujeres en plena lactancia. Ellas acogieron con mucho gusto a los bebés, haciendo un acuerdo razonable para ellos: tenían derecho a casar o vender a una de las dos hermanas.
Abidu, con tres años, ya acompañaba a su padre Abdul, quien lo cuidaba con mucho esmero y cariño. Pasaban los años duramente, trabajando de sol a sol. Cuando Abidu cumplió 5 años, aprendió el oficio de su padre. Cumplidos los 6, sabía pescar solo, con su caña de madera reciclada, fabricada por él mismo de los restos que encontraba en la playa.
Pasaron hambre dos años por culpa de la guerra, por culpa de dos clanes rivales, y afectó sus vidas duramente; una gran pérdida fue la barca de su padre, que fue quemada injustamente por los crueles guerrilleros de otro pueblo cercano.
Se pusieron manos a la obra en la construcción de su nueva embarcación. Tardaron tres meses en fabricar su nueva barca con materiales reciclados, y le pusieron el nombre de Fátima, en memoria y recuerdo de su querida madre.
Volvieron a pescar padre e hijo en la mar para tener sustento. Salían de madrugada, a las tres para llegar al pueblo a eso de las siete, y así vender el pescado capturado. También practicaban el trueque con otros vendedores y donaban un poco para los más necesitados del pueblo.
La vida era dura para Abidu y su padre. Iban pasando los años… Abidu jugaba, cuando podía, al fútbol con sus amigos. Hablaban también del deporte a nivel profesional: era un sueño ser jugador de fútbol europeo. Hablaban del futuro que anhelaban y sentían incertidumbre en sus vidas. Muchos mayores se marchaban del país arriesgando la vida para conseguir un futuro mejor. Decían que algunos desafortunados perdían la vida en su difícil navegación por el Mediterráneo; otros pocos eran los afortunados de superar la difícil travesía con el máximo esfuerzo.
Abidu cumplió los quince años y seguía trabajando con su padre. Empezó él mismo el proyecto de construir su propia embarcación. Su padre le ayudaba recogiendo materiales del mar.
Las hermanas gemelas cumplieron catorce años y los vecinos vendieron a Dania. Dunia fue con su padre el mismo día que vendieron a la hermana. Abdul no tardó en vender también a Dunia. Fue un hombre mayor de cuarenta y tres años quien la compró. El trato fue un motor de barco y diez cabras.
Pasaron los años duramente esforzándose para que Abidu se casara. Necesitaban hacer una oferta a la familia de la chica, de la cual Abidu estaba enamorado desde que era un adolescente.
Las cabras del padre de Abidu tuvieron descendencia, ya que el padre tenía un hermano pastor, y las diez cabras se convirtieron en setenta. Fueron Abidu y su padre a pedir la mano de su amada con cincuenta cabras, que la familia aceptó sin dudarlo mucho: se casarían la misma semana. Abidu tenía dieciséis años y su esposa Naya, catorce. Justo un año después, Naya se quedó encinta.
Abidu le hablaba de viajar a Europa para realizar sus sueños. Ella le apoyaba en todo, siempre era positiva frente a las adversidades.
Abidu habló con su padre para explicarle su decisión de viajar a Europa, pero su padre le explicó que era un viaje peligroso. El día que lo decidió coincidió, por casualidad, con la fecha de la muerte de su padre, y Abidu aseguró que no le pasaría algo así…
Fue el día tan esperado para la familia de Abidu. Lo tenían todo preparado: la barca de Abidu reforzada con el motor de su padre acoplado, reservas de agua potable, cecina y pescado ahumado.
Salieron de Ghana a las cinco de la mañana. El padre de Abidu sostenía el vaso de café mientras dos lágrimas cayeron de sus ojos.
Naya estaba de ocho meses de gestación y tenía fuertes dolores, pero no decía nada para no preocupar a Abidu. Salieron el ocho de agosto con todo su corazón apuntando a Europa.
El primer día Abidu gastó cinco depósitos ya que navegó toda la noche. A la mañana siguiente siguió sin descansar nada en absoluto. La noche del segundo día no pudo más y se durmió. Naya navegó mientras él descansaba, pero el motor empezó a calentarse…
Cuando Abidu despertó, estaba en el agua medio inconsciente. La barca se había hundido y solo se podían contemplar maderas ardiendo. Se aferró a un gran madero pensando que lo había perdido todo, lo que más quería… Recordó cuando de pequeño juagaba con una piedra y la tiró a la deriva. Así se sentía él aun siendo un ser humano: se sentía inerte cual piedra normal y corriente, un elemento algo impredecible como el agua con su nuevo guía…
Abidu estaba destrozado psicológicamente, solo la explosión le dejó inconsciente y con quemaduras de tercer grado. Se asustó mucho al despertar sin su amada. Pensó en lo peor… Poco después observó en el horizonte una playa. Empezó a recuperar su fuerza.
Volvió a mirar al horizonte y escuchó el fuerte zumbido de una embarcación de color rojo. También tenía cruces en los laterales, gritaban: “Somos de la Cruz Roja, a tu mujer la encontramos hace unas horas, ella misma nos ha indicado hacia dónde estabas!”
Los dos a bordo empezaron a llorar de alegría. De repente, Naya rompió aguas en el barco de la Cruz Roja. El capitán del barco se aproximó donde estaban curando a Abidu y le dijo: “Bienvenidos a España, un país de nuevas oportunidades”. También le dijo: “Es tu hijo el primer español nacido en este barco de salvamento marítimo. Enhorabuena, vuestras vidas tienen suerte y un nuevo futuro”.
FIN



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